• Alexis Sazo

Tocando a la puerta



¿Por qué cuando vine, no hallé a nadie, y cuando llamé, nadie respondió? ¿Acaso se ha acortado mi mano para no redimir? ¿No hay en mí poder para librar? (Isaías 50:2)


Se cuenta que una pobre mujer que se hallaba en grandes dificultades económicas la cual tuvo la visita de un hombre benévolo que quería ayudarla. Fue hasta la casa de aquella mujer, llamó a la puerta, pero como no tuvo respuesta, concluyó que la mujer estaba ausente y se fue. Poco más tarde, al encontrarla, le habló de que había pasado a su casa y le dijo la razón del porqué. ¡Oh! —dijo ella— ¿Era usted, señor? ¡Cómo lo lamento! Creí que era el propietario que venía a cobrarme el alquiler, y como no tenía la suma necesaria, tuve miedo de abrir la puerta.


Hoy en día, millones de hombres y mujeres actúan de la misma manera para con Dios, haciendo lo mismo que hizo aquella mujer con aquel que quería ser su benefactor. Piensan que cuando Dios llama a la puerta de su corazón, viene a exigirles algo. ¡Qué error! No saben que es al contrario, pues cuando Él viene no es para exigir, sino para dar. No viene para reclamar el pago de su deuda sino que viene para pagarla completamente y para librarnos de nuestro desamparo espiritual y, más encima, darnos una herencia eterna. Bien dicen las Escrituras:


Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. (Marcos 10:45)


A menudo Jesús ha llamado a la puerta de su corazón con amor para saldar su deuda para con Dios. Y lleva esperando desde hace mucho tiempo a que usted le abra. Su Palabra dice: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apocalipsis 3:20).


Entonces, ¿seguirá sin responder? ¿Le seguirá manteniendo fuera? ¿O le dejará entrar a su vida?


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