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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Medicina a los que nos oyen, y no golpes de espadas




La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.  (Proverbios 18:21)


Un niño le dijo una vez a su madre: 

—Mamá, tú nunca hablas mal de nadie. Hasta serías capaz de hablar bien de Satanás. 

—Bueno, hijo, bien podríamos imitar su perseverancia.


Lo cierto es que nos sería provechoso aprender del ejemplo de aquella dama, porque debemos reconocer que no siempre de nuestras bocas salen palabras que sean de edificación para quienes nos oyen, tal como le dijo el apóstol Pablo a los efesios: «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes» (Efesios 4:29).


A veces pareciera ser que nuestras lenguas tienen vida propia, porque cuando la palabra ya abandonó nuestros labios nos arrepentimos de lo que dijimos. La Biblia nos advierte que este pequeño órgano es peligroso:


Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. (Santiago 3:6–8).


La pregunta es: ¿qué tal están nuestras lenguas? ¿Estarán afiladas como un filoso cuchillo? Pues, quizás somos de aquellos cristianos que son expertos en desollar vivo a otros hermanos, lo cual no debe ser. Cuando hacemos esto, no solo demostramos lo que hay en nuestros corazones, sino que además queda en evidencia nuestra carencia de sabiduría, pues dice: «Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina» (Proverbios 12:18).


Procuremos, hermanos, pedirle a Dios que, primeramente, controle nuestras lenguas, puesto que no las podemos controlar por nosotros mismos, y que, asimismo, nos dé sabiduría, para que nuestras lenguas sean medicina a los que nos oyen, y no golpes de espadas.

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