• Alexis Sazo

Jesús me sacó de ahí



Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros… para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios (Colosenses 1:9a–10)


Un hombre le decía en tono irónico a su compañero, un alcohólico recientemente liberado de su esclavitud:


—¡Cómo cambiaste! Se habrá necesitado mucha gente y muchos discursos para inducirte a no beber más y cambiar de vida.


—¡No! Solo se necesitaron dos personas, contestó el interpelado. Yo me resistí con todas mis fuerzas, pero Cristo, quien me amó con amor eterno, me sacó de ahí. Él fue el que me liberó del alcohol.


¿Hasta dónde pueden llevarnos nuestras pasiones? La verdad es que muy lejos. Nos pueden convertir en verdaderos esclavos, tal como dice la Biblia: «Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros» (Tito 3:3). Nos esclavizan porque son pecado, ya que bien lo dijo el Señor: «todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado» (Juan 8:34). ¿Y de dónde salen esas concupiscencias?


Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. (Santiago 1:14–15)


Es maravilloso pensar en la libertad que hemos recibido de parte del Señor, porque solo Él nos hace libres (Juan 8:36). Pero que importante es que nos mantengamos en aquella libertad. Bien se nos advierte en su Palabra:


Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. (Gálatas 5:1)


Porque no porque ahora seamos libres en Cristo podemos hacer lo que queramos, porque ya no somos dueños de nuestro ser: «Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Corintios 6:20).


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