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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Imitemos el amor de Dios por las almas perdidas




¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os será dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis; Bendito el que viene en el nombre del Señor. (Mateo 23:37–39)


El Señor Jesús dijo estas palabras porque sabía que vendrían dolores sobre Israel (la destrucción en el año 70 d. C. por parte de Roma). Las personas de Jerusalén siempre fueron rebeldes, ya que no escucharon a los profetas que eran enviados por Dios para su salvación. Y lo mismo hicieron cuando vino el Hijo de Dios; no solo no le creyeron, sino que, además, dieron muerte al Mesías. Sin embargo, Él, aun así, se dolía por aquellas personas, a pesar de lo que le habrían de hacer.


El Señor también lloró ante la tumba de Lázaro; se conmovió por el dolor y llanto de las hermanas y amigos del difunto (Juan 11:33 y 35). Él en su humanidad se dolía de la gente, y tanto era su amor por nosotros que vino a este mundo y se humilló hasta la muerte. Su Palabra nos dice: «Y estando en condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Filipenses 2:8). 


Nuestro Señor fue movido a misericordia por amor de sus criaturas, pero nosotros, como creyentes, ¿nos dolemos de las personas que se pierden? ¿Nos lamentamos con los que sufren? ¿Sentimos algún tipo de compasión por aquellos que no conocen al Señor Jesús como su salvador? ¿Tenemos un corazón como el de Él? ¿O somos más bien indiferentes ante el dolor y los sufrimientos de quienes nos rodean?


Es cierto que nadie quiere oír de Cristo en estos días, pues desprecian incluso a los que traen las buenas noticias de salvación. Bien dice su Palabra: «El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos» (Salmos 10:4). Sin embargo, esto no debe ser un motivo para insensibilizarnos o volvernos indiferentes por aquellas almas, pues cada persona de este mundo vale la vida de nuestro Salvador. Cada alma tiene aquel altísimo precio: la vida del autor de la vida. 


Así que, mis hermanos, no desistamos y sigamos predicándoles a las personas inconversas de este mundo, trabajemos arduamente por ganar almas para Dios; obedeciendo las palabras de nuestro Señor cuando nos dijo: «Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa» (Lucas 14:23).

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