• Alexis Sazo

Episodio #79: Abigail, un ejemplo a imitar



Nota: Esta es la transcripción de un episodio del podcast Edificados en Cristo. Para escuchar el episodio del podcast hacer click aquí.


¡Sean muy bienvenidos al episodio número 79 del podcast! En este episodio quiero hablar sobre una mujer muy especial, llamada Abigail. La cual es un verdadero ejemplo a imitar.


Hace un par de meses atrás me tocó leer por calendario el capítulo 25 de 1 Samuel —que es donde encontramos la historia de esta mujer—. Y a decir verdad, he estado meditando en esta porción de las escrituras desde entonces y hoy quiero compartirlo con ustedes.


La historia de Abigail es la historia de una mujer que literalmente «le salvó el pellejo» a su marido. No lo digo de manera figurativa, sino literalmente. Ella lo salvó de una muerte segura y violenta; un peligro, que por cierto, él mismo trajo sobre su cabeza, debido a su estupidez.


Charles Swindoll, en su libro, Historias fascinantes de vidas olvidadas. Redescubriendo algunos personajes del Antiguo Testamento (Fascinating Stories of Forgotten Lives. Rediscovering Some Old Testament Characters), dice lo siguiente:


«Esto me recuerda una vieja película del antiguo oeste. Un campo abierto, héroes valientes a caballo; una heroína hermosa y resiliente; y un villano rudo y hosco que le complica la vida a todos. La historia gira en torno a tres personajes muy complejos en conflicto y que terminaron en un curso de colisión».


Para empezar, quiero contextualizar un poco esta historia, ya que este capítulo es bastante extenso. Tenemos tres personajes principales, los cuales son: David, Nabal y su esposa Abigail. Comencemos con David, ya que el capítulo comienza con él. Escuche:


Murió Samuel, y se juntó todo Israel, y lo lloraron, y lo sepultaron en su casa en Ramá. Y se levantó David y se fue al desierto de Parán. (1 Samuel 25.1 RVR60)


David había matado a Goliat, ya había sido ungido como rey de Israel y estaba viviendo en el desierto para evitar ser asesinado por el rey Saúl, quien estaba celoso de él, razón por la cual quería matarlo. Precisamente, en el capítulo anterior a este, David había perdonado la vida de Saúl; pero este en vez de mostrar gratitud, trataba de matarlo nuevamente. A raíz de esto, David llevaba varios años viviendo en los lugares más difíciles de morar de Israel, lugares en donde un ejército difícilmente podría sobrevivir antes de poder darle caza.


Y siguiendo con el contexto, David no se encontraba solo, lo acompañaba una banda de, llamémoslos «parias», los que originalmente eran cuatrocientos hombres. Escuche:


Y se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu, y fue hecho jefe de ellos; y tuvo consigo como cuatrocientos hombres. (1 Samuel 22.2 RVR60)


Podríamos asumir entonces, sin temor a equivocarnos, que David los entrenó militarmente; ya que no se dice que hayan sido hombres de guerra los que se unieron, sino más bien parias, como recién dije. Ahora, para el tiempo en el que transcurre esta historia que vamos a ver, ya eran seiscientos hombres. Se trataba de guerreros astutos y experimentados que vivían al borde de los problemas; pero bajo el liderazgo de David, esta colección aleatoria de hombres descontentos se habían convertido en una fuerza de lucha bien disciplinada.


Entonces, luego de moverse al desierto de Parán, ellos se convirtieron en una especie de autoproclamados «pacificadores y policías» de la región. Su servicio era tanto necesario como apreciado. Les explico porqué, el desierto de Parán se encuentra en la región más al sur de Israel, bajo el mar muerto, justo sobre el Sinaí. Está zona muy alejada de cualquier cosa para ser siquiera influenciada por algún gobierno; por lo que cualquiera que viviera allí se las tendría que arreglar por sí mismo para poder sobrevivir.


Por lo tanto, cualquier rebaño o manada que pastara en el desierto de Parán sería una víctima fácil de robo por bandas de forajidos o del ataque de bestias salvajes si no fuera por David y sus tropas. Afortunadamente para los hombres de negocio que tuvieran manadas o rebaños de animales en aquellas tierras, David y sus hombres se habrían encargado de proteger y cuidar sus intereses.


Este acuerdo no era sin una tradición, y la costumbre era que aquellos que mantenían la paz no demandarían un pago inmediato por sus servicios; sin embargo, como una manera de mostrar integridad, los dueños de ganado ofrecerían de manera voluntaria una compensación como gratitud. De manera gráfica, podríamos decir que esto sería como darle una propina a una mesera por el servicio que brinda. Si hace un trabajo justo, la propina sería modesta. En cambio si hace un buen trabajo, la propina sería generosa. En este caso, la protección que proporcionó David fue excelente, ya que ninguno de los animales de la manada, ni los trabajadores de Nabal sufrieron algún daño. Ni tampoco fueron atacados por ladrones. Y dado que el tiempo de esquilar ovejas era, por así decirlo, el día de pago, aquel era el momento adecuado para recordarles amablemente a los, llamémoslos «empresarios», la protección de la que disfrutaron sus hombres y sus bienes.


Entonces, ya hemos visto el contexto para David, ahora veamos el contexto para Nabal, a quien podríamos llamarle el antagonista de esta historia.


En aquellos tiempos, la producción no era en masa o sistematizada como lo es ahora, porque claro, la revolución industrial ocurrió casi 2 mil años después; sino que cada productor local debía ir al centro de comercio de la ciudad más populosa para poder vender sus productos; ya que era en aquellos lugares donde los hombres de negocio se reunían para comprar, vender y/o intercambiar sus productos.


Imaginémonos la siguiente situación: Nabal con sus sirvientes están en esta ciudad populosa. Él está vestido de ropas finas; una sonrisa en su rostro porque hizo bastante dinero; quizás mirando las monedas de plata que ganó, porque es experto en ganar dinero; pero en todos sus demás aspectos, es grosero y presumido. A pesar de sus modales condescendientes, es muy popular, porque es rico.


Dice la Palabra de Dios:


Había un hombre rico de Maón que tenía propiedades cerca de la ciudad de Carmel. Tenía tres mil ovejas y mil cabras, y era el tiempo de la esquila. Este hombre se llamaba Nabal, y su esposa, Abigail, era una mujer sensata y hermosa. Pero Nabal, descendiente de Caleb, era grosero y mezquino en todos sus asuntos. (1 Samuel 25.2–3 NTV)


Quizás no lo sepa, quizás sí, el nombre de Nabal en hebreo significa «tonto». Es la misma palabra que se usa en todos los Proverbios y otros libros de la Biblia para referirse a personas groseras, rudas, ignorantes, deshonestas, beligerantes, obstinadas y estúpidas. Nabal estuvo a la altura del nombre que se nos da en las Escrituras. Era un hombre de negocios intolerante, terco, rígido, prejuicioso y deshonesto. Además de todo, era un hombre tacaño, ya que dice que era mezquino. Aparte de todo eso, supongo que podríamos decir que Nabal era un buen caballero.


Ahora es el turno de nuestra «heroína» llamada Abigail, cuyo nombre significa «mi padre es gozo». Ella, conforme a la descripción bíblica era inteligente y de hermosa apariencia. Desde una perspectiva moderna, nos podemos preguntar: ¿cómo una mujer como Abigail terminó con un bruto como Nabal? No podemos dejar de pensar en la ironía, la cual llega a ser dolorosa; una mujer con notable sabiduría casada con un tipo llamado tonto. Bueno, debemos recordar que las cosas eran un tanto diferentes hace tres mil años atrás. Los matrimonios eran arreglados entre los padres, no era una unión basada en el amor de elección libre como en nuestros días.


Lo cierto es que está de moda hoy en el mundo hacer revisionismo histórico, especialmente entre aquellas mujeres feministas y sus adherentes. Pero les digo, no crean lo que le dirían los revisionistas de la historia, porque la mayor parte del tiempo, este tipo de matrimonio funcionaban a la perfección. Los padres amaban a sus hijas y se cuidaban mucho de elegir a un hombre que no solo cuidaría bien de ella y la mantendría con el suficiente alimento, sino que la amara y la tratara con ternura. Y casi siempre, un amor genuino crecía entre la pareja. Sin embargo, la gente entonces, al igual que hoy, podía ser engañada. Podríamos decir que Abigail suena como si viniera de un buen hogar, pero su padre no vio los defectos obvios de carácter en su futuro yerno. Este fue un matrimonio terrible y, como resultado, Abigail sufrió bastante. Aunque lo cierto es que, conforme al relato bíblico, no se nota.


Por lo tanto, habiendo terminado este contexto –me disculpo por ello–, entremos de lleno al texto para que veamos la crisis que se generó aquí. Dice la Palabra de Dios:


Y oyó David en el desierto que Nabal estaba trasquilando sus ovejas. Entonces David envió diez jóvenes, y les dijo: Subid a Carmel, visitad a Nabal y saludadle en mi nombre; y le diréis así: «Ten una larga vida, paz para ti, paz para tu casa y paz para todo lo que tienes. He oído que tienes esquiladores; ahora bien, tus pastores han estado con nosotros, y no los hemos maltratado, ni les ha faltado nada todos los días que estuvieron en Carmel. Pregunta a tus mozos, y ellos te lo dirán. Por tanto, permite que mis mozos hallen gracia ante tus ojos, porque hemos llegado en un día de fiesta. Te ruego que de lo que tengas a mano, des a tus siervos y a tu hijo David». Cuando llegaron los jóvenes de David, dijeron a Nabal todas estas palabras en nombre de David; entonces esperaron. (1 Samuel 25.4–9 LBLA)


Tal como vimos antes, David, muy educadamente, envió a sus hombres a «cobrar» lo que se le debía por sus servicios prestados. Digo que fue muy educado, porque no fue con sus 600 hombres a todo galope a demandar el pago, no. Lo cierto es que David estaba haciéndole un recordatorio a Nabal de que las ganancias que había obtenido tras vender la lana de sus ovejas, no habrían podido ser tan altas de no haber sido por la protección provista por David y sus hombres. Además, David extendió un notable honor al hombre, reconociendo su posición como noble, como descendiente de Caleb; quien, por cierto, junto con Josué, fueron los únicos que entraron a Canaán de toda aquella generación que salió de Egipto con más de 20 años y que perecieron en el desierto debido a su constante desobediencia a Dios. Vemos que David se presenta como alguien humilde, considerando el hecho de que el trono de Israel un día sería suyo. También es digno de destacar, que él no envió a sus hombres pidiendo un monto específico, sino que dijo: «Te ruego que de lo que tengas a mano, des a tus siervos y a tu hijo David»; en otras palabras dijo: «Dame lo que consideres justo».


Y aquí viene el problema. La respuesta de Nabal no podría haber sido más insultante. Escuche:


Pero Nabal respondió a los siervos de David, y dijo: ¿Quién es David y quién es el hijo de Isaí? Hay muchos siervos hoy día que huyen de su señor. ¿He de tomar mi pan, mi agua y la carne que he preparado para mis esquiladores, y he de dárselos a hombres cuyo origen no conozco? Entonces los jóvenes de David se volvieron por su camino, y regresaron; y llegaron y le comunicaron todas estas palabras. (1 Samuel 25.10–12 LBLA)


Notemos la respuesta de Nabal; esto nos da pistas de su carácter. Por cierto, no nos dejemos engañar por su primera pregunta, porque él sabía perfecto quién era David, ya que dice: «¿Quién es David y quién es el hijo de Isaí?»; por lo tanto, sabía de dónde era y sabía quién era su padre. Lo cierto es que Nabal solo quería demostrar que David, por así decirlo, «no tenía pedigrí», no venía de una familia noble como él. Como ya dije, su antepasado Caleb, estuvo con Josué durante el Éxodo e instó a Israel a tomar Canaán como el Señor prometió. Pero volviendo a lo que decía antes, al preguntar: «¿Quién es David y quién es el hijo de Isaí?» fue como una bofetada en el rostro de David y en su linaje, pero bien calculada. Claro, David sabía que estaba destinado a convertirse en el rey de Israel, pero no todas las personas sabían aquello en ese momento. Así que, esto fue como si le dijera: «¡No eres nadie y apareciste de la nada! ¿Quién te crees tú para hablar con alguien tan importante como yo?»


El siguiente comentario de Nabal apuntaba no solo a David, sino también a sus seguidores, ya que dijo: «Hay muchos siervos hoy día que huyen de su señor». Fue un golpe «muy inteligente» insinuar que no eran mejores que los esclavos (las personas más bajas de la sociedad), y que más encima eran una chusma heterogénea que además era desleal tanto a Saúl como a Israel.


Luego completó el insulto con la guinda de la torta (si se puede decir así): «¿He de tomar mi pan, mi agua y la carne que he preparado para mis esquiladores, y he de dárselos a hombres cuyo origen no conozco?». En otras palabras, lo que este Nabal trató de decir, fue algo como: «prefiero dar la recompensa del trabajo a quienes se lo ganaron, no a un grupo de parias que intentan extorsionar a productores reales como yo». Ahora notemos la respuesta de los hombres de David. No fue pelear. No fue discutir. Simplemente se fueron.


Podemos deducir que Nabal volvió a comerciar, socializar y a deleitarse con el éxito obtenido en parte, gracias David. Y probablemente pensó que todo seguiría como de costumbre. No obstante, mientras continuaba la fiesta en Carmel, un gigantesco terremoto sacudió el desierto y David fue su epicentro. David aún no era el hombre maduro de Dios en el que se convertiría más adelante. Se necesitarían muchos años más en el desierto para templar su acero, por decirlo, de manera figurativa. En esta analogía de un arma, David seguía siendo áspero y desigual.


Claro, es cierto que en 1 Samuel 24, mostró una moderación sobrenatural al perdonar la vida de Saúl, debido a que lo consideraba como «el ungido de Dios» y es debido a su temor a Dios que no le hizo ningún mal. Pero en este capítulo 25, vemos a un David diferente. Vemos que en su pecho, late el corazón de un apasionado guerrero; y la insolente respuesta del ingrato Nabal sacó lo peor de él. Claramente, este no fue el mejor momento de David, porque su reacción fue un acto imprudente de la carne, no una inspiración del Espíritu de Dios. Ojo, no nos confundamos, nuestro Dios, a veces, actúa severamente y su juicio puede ser muy rápido, sin embargo, nunca es imprudente. Por eso dije que en este caso David estaba actuando conforme a su carne y no conforme a Dios.


Creo que todos los que llevamos unos cuantos años caminando con el Señor sabemos que una mente transformada por Dios, no se desarrolla de la noche a la mañana. La madurez espiritual viene con el tiempo y la experiencia; y es el producto de un crecimiento en intimidad con el Altísimo.


Mis hermanos, déjenme hacer un paréntesis acá. Muchas veces, nosotros los creyentes, conocemos la voluntad del Señor para nuestras vidas; sin embargo, muchas veces actuamos impulsivamente para lograr alcanzar esa voluntad. Así que, les insto a que le pongamos un freno a nuestros impulsos. Rehusemos actuar impulsivamente. Quizás, usted es de las personas que hablan sin pensar, o es de los que se enfadan con mucha facilidad y luego no miden las consecuencias de sus actos. Bueno, en ese caso, le invito a que sopesemos nuestras palabras con cuidado; durmamos sobre aquellas decisiones que tienen consecuencias importantes en nuestras vidas, pero sobre todo les insto que permanezcamos abiertos a la reprimenda, al consejo, y a la evaluación que nos hagan otras personas.


Les pregunto, mis amados, ¿tienen las personas sabias y piadosas de su vida alguna objeción con su conducta o sus dichos? ¿Qué le ha enseñado su propia experiencia pasada caminando con el Señor? ¿Le ha pedido al Señor que examine su corazón sobre un asunto x que usted conoce y luego ha orado en silencio, esperando pacientemente a que le responda? Bueno, David no hizo nada de eso. En cambio, dio la siguiente orden: «Cíñase cada uno su espada. Y se ciñó cada uno su espada y también David se ciñó su espada; y subieron tras David como cuatrocientos hombres, y dejaron doscientos con el bagaje» (1 Samuel 25.13 RVR60).


Tal como vemos acá, David dejó doscientos soldados para vigilar el campamento, mientras que cuatrocientos uno partieron con dirección a la fiesta de la esquila en Carmel. Pronto, el suelo fuera de la tienda de Nabal estaría empapado con su «sangre azul». Y no solo el suyo, sino también el de todo varón de su casa (esto está en los v. 22 y 34 de este capítulo). Por así decirlo, una furiosa tormenta destructora se cernía sobre la vida de Nabal y los suyos sin que él lo supiera.


Entonces, mientras David y sus hombres venían de camino a Carmel, un siervo de Nabal, cuyo nombre no se menciona, el cual fue testigo de lo que pasó entre los hombres que envió David y Nabal; sigilosamente fue a informar y a alertar a su señora de lo que había pasado y de lo que se les venía encima. Porque dice la Palabra de Dios:


Mas uno de los mozos avisó a Abigail, mujer de Nabal, diciendo: He aquí, David envió mensajeros desde el desierto a saludar a nuestro señor, y él los desdeñó. Sin embargo, los hombres fueron muy buenos con nosotros; no nos maltrataron ni nos faltó nada cuando andábamos con ellos, mientras estábamos en el campo. Como muro fueron para nosotros tanto de noche como de día, todo el tiempo que estuvimos con ellos apacentando las ovejas. Ahora pues, reflexiona y mira lo que has de hacer, porque el mal ya está determinado contra nuestro señor y contra toda su casa, y él es un hombre tan indigno que nadie puede hablarle. (1 Samuel 25.14–17 LBLA)


Podemos notar que el sirviente no le habló a Nabal para tratar de hacerlo entrar en razón; porque lo cierto es que uno no consigue nada con hablar con una persona así. Él fue directamente donde Abigail, pues sabía que ella lo escucharía, ya que es lo que las personas inteligentes hacen, escuchar a otros, especialmente a sus subordinados. Pero, qué trágico es vivir bajo la autoridad de una persona que no escucha. Le pregunto, hermano, hermana, ¿vive con alguien así? ¿Fue criado por una madre o un padre que simplemente no podían estar equivocados? ¿Tiene un hijo, ahora adulto, que no escucha a nadie? ¿Tiene un cónyuge que está completamente desconectado de cómo afecta a los demás? Si es así, entonces comprende porqué esa es una de las situaciones más difíciles de soportar en la vida. No puede comunicarse con ellos. Antes de empezar a hablar ya sabe que ellos le van a callar sus palabras. Y lo peor, es que tienen una docena de razones para justificar que usted está mal y que lo que le dice no es correcto. Muy tristemente, los nabales aún existen en estos días. Y peor aún, hay cristianos que son muy nabales en su manera de ser.


Entonces, imaginemos que nosotros somos Abigail y pensemos en cómo podría haber reaccionado ella. Ella podría haber pensado: —¡Oh, Dios mío! ¿David viene de camino a matar a Nabal? Dios se mueve de maneras misteriosas, ¡bendito sea Dios que obra maravillas y me va a libertar! Quizás, podríamos haberlo pensado nosotros, pero ella no pensó así. Honestamente, su integridad me impresiona. Lo digo, porque ella eligió proteger a su esposo, no porque se lo mereciera, sino porque ella era una buena esposa, fiel, decente e íntegra. A pesar de lo mal marido que había sido Nabal, ella decidió seguir siendo honorable en su papel de compañera y ayuda idónea, incluso cuando este no estaba presente.


Sigamos con el relato. Nos dice su Palabra:


Sin perder tiempo, Abigail juntó doscientos panes, dos cueros llenos de vino, cinco ovejas matadas y preparadas, un recipiente con casi cuarenta kilos de trigo tostado, cien racimos de pasas y doscientos pasteles de higo. Lo cargó todo en burros y les dijo a sus siervos: «Vayan adelante y dentro de poco los seguiré». Pero no le dijo a su esposo Nabal lo que estaba haciendo. (1 Samuel 25.18–19 NTV)


Si usted se encuentra en una situación similar a la de Abigail, sabe de sobra lo difícil que es hacer lo que ella hizo. Y es posible que se esté cansando(a) y se pregunte: ¿Hasta cuándo, Señor? Es posible que periódicamente se haya rendido y se haya comportado mal, reaccionando con hostilidad o se haya vengado sutilmente aquí y allá. Mis hermanos, no pretendo juzgar a nadie mientras transmito lo que las Escrituras enseñan mediante el modelo de Abigail. Ella podría fácilmente podría haber hecho nada, y tendríamos pocos motivos para culparla, la verdad. Pero su increíble respuesta es digna de que la estudiemos, y sobre todo, de que la imitemos. Lo sorprendente es que inmediatamente puso Abigail en marcha un plan que protegería a su marido de cualquier daño. Cabe decir que ¡esta es una dama extraordinaria! Porque por lo general, sin Cristo, sin madurez y sin la guía del Espíritu Santo, jamás podríamos actuar de esta misma manera.


Ella reunió, literalmente, comida como alimentar a un ejército. Lo hermoso de la sensatez y sabiduría de Abigail, es que nadie le sugirió que hiciera aquello, sino que lo hizo por sí misma; además, no le dijo nada a su esposo, porque, claro, él la habría detenido mientras ella trataba de salvarle el pellejo a su esposo; que es lo que hacen las buenas esposas. Seguramente, mientras ella reunía las cosas y le daba instrucciones a sus siervos, estaba meditando en qué le diría a David cuando lo tuviera frente a frente.


Sigamos con el relato bíblico. Dicen las escrituras:


Y sucedió que cuando ella cabalgaba en su asno y descendía por la parte encubierta del monte, he aquí que David y sus hombres venían bajando hacia ella, y se encontró con ellos. Y David había dicho: Ciertamente, en vano he guardado todo lo que este hombre tiene en el desierto, de modo que nada se perdió de todo lo suyo; y él me ha devuelto mal por bien. Así haga Dios a los enemigos de David, y aun más, si al llegar la mañana he dejado tan solo un varón de los suyos. Cuando Abigail vio a David se dio prisa y bajó de su asno, y cayendo sobre su rostro delante de David, se postró en tierra. (1 Samuel 25.20–23 LBLA)


Toda la tensión en la historia se ha ido acumulando hasta este momento. Los dos hombres eran tan opuestos, pero ambos se comportaron de manera similar hasta este momento. Ambos eran hombres obstinados y orgullosos. Cada uno creía que el otro era un tonto. Ambos permitieron que la ira gobernara su juicio. Ambos actuaron precipitadamente, guiados por el impulso más que por el buen sentido. Pero aquí, en el clímax de la historia, su única esperanza era apelar a David. Sabía que hablar con Nabal no cambiaría nada. Y podemos ver que su discurso es un ejemplo clásico de un discurso persuasivo lleno de sabiduría, cuyo objetivo principal era recordarle a David su identidad como el ungido del Señor, y luego lo insta a que se comporte en consecuencia a ella.


Leamos lo que hizo Abigail y las palabras que dijo a David. Dice así la Palabra del Señor:


Y se echó a sus pies y dijo: Señor mío, solo sobre mí sea la culpa. Te ruego que permitas que tu sierva te hable, y que escuches las palabras de tu sierva. Ruego a mi señor que no haga caso a este hombre indigno, Nabal, porque conforme a su nombre, así es. Se llama Nabal, y la insensatez está con él; mas yo tu sierva no vi a los jóvenes que tú, mi señor, enviaste. Ahora pues, señor mío, vive el Señor y vive tu alma; puesto que el Señor te ha impedido derramar sangre y vengarte por tu propia mano, sean pues como Nabal tus enemigos y los que buscan el mal contra mi señor. Y ahora permite que este presente que tu sierva ha traído para mi señor se dé a los jóvenes que acompañan a mi señor. Te ruego que perdones la ofensa de tu sierva, porque el Señor ciertamente establecerá una casa duradera para mi señor, pues mi señor pelea las batallas del Señor, y el mal no se hallará en ti en todos tus días. Y si alguno se levanta para perseguirte y buscar tu vida, entonces la vida de mi señor será ligada en el haz de los que viven con el Señor tu Dios; pero Él lanzará la vida de tus enemigos como de en medio de una honda. Y sucederá que cuando el Señor haga por mi señor conforme a todo el bien que Él ha hablado de ti, y te ponga por príncipe sobre Israel, esto no causará pesar ni remordimiento a mi señor, tanto por haber derramado sangre sin causa como por haberse vengado mi señor. Cuando el Señor haya hecho bien a mi señor, entonces acuérdate de tu sierva. (1 Samuel 25.24–31 LBLA)


De hecho, es como si Abigail hubiera dicho: «¡David, mira al futuro! ¡Aún no tienes treinta años! Lo cierto es que puedes darte el lujo de devolver bien por mal, porque fue la elección de Dios convertirte en el futuro rey de Israel. No manches tu reputación antes de tomar el trono. Nuestro Dios te bendecirá si te comportas como el rey que eres. Además, la batalla y la venganza es del Señor; deja que Él se ocupe de Nabal».


Ahora vamos a la respuesta de David. Escuche:


Entonces David dijo a Abigail: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que te envió hoy a encontrarme, bendito sea tu razonamiento, y bendita seas tú, que me has impedido hoy derramar sangre y vengarme por mi propia mano. Sin embargo, vive el Señor, Dios de Israel, que me ha impedido hacerte mal, que si tú no hubieras venido pronto a encontrarme, ciertamente, para la luz del alba, no le hubiera quedado a Nabal ni un varón. (1 Samuel 25.32–34 LBLA)


Como decía antes, dos hombres testarudos estaban a punto de enfrentarse por lo que era esencialmente una cortesía común; y David estaba listo para asesinar a un hombre porque hirió su orgullo. En esta historia, no vemos mucha diferencia de carácter entre David y Nabal, hasta este punto. La diferencia es pequeña, pero marca una real diferencia entre ambos. Mientras que Nabal no escuchaba a nadie, David sí lo hizo. Y notemos la profunda gratitud que le expresó a Abigail. Ella no solo salvó el cuello de su esposo, sino que también salvó el de David. En palabras de F. B. Meyer, Abigail puso «una mano fría sobre una cabeza caliente».


Es cierto que las Escrituras llaman a David como «un hombre conforme al corazón de Dios». Obviamente, eso no significa que fuera perfecto, como lo ilustra claramente esta historia. Vemos que estaba impaciente por cobrar venganza, y además, fue precipitado. A través de estos versículos vemos que él era un apasionado. Un hombre que por cierto, tuvo muchas mujeres antes de su muerte. Porque lejos de ser perfecto, el ser considerado como un hombre conforme al corazón de Dios significa que todo lo que toca el corazón de Dios también toca el corazón de David. Todo lo que mueve a Dios a actos de compasión o juicio, también mueve a David. En otras palabras, el corazón de David latía en sincronía con el de Dios. Y Abigail le recordó al futuro rey de esta relación con el Señor, y mientras ella hablaba, su ira se desvaneció. Escuche:


Recibió David de su mano lo que ella había traído y le dijo: Sube en paz a tu casa. Mira, te he escuchado y te he concedido tu petición. (1 Samuel 25.35)


Mis hermanos, la obediencia, usualmente, requiere que sacrifiquemos algo que queremos, esto en favor de lo que Dios desea. Y cuando obedecemos, Dios se deleita sorprendiéndonos con una bendición mucho mayor que la que nosotros abandonamos. Y esta historia no fue la excepción.


Dice su Palabra:


Entonces Abigail regresó a Nabal, y he aquí, él tenía un banquete en su casa, como el banquete de un rey. Y el corazón de Nabal estaba alegre, pues estaba muy ebrio, por lo cual ella no le comunicó nada hasta el amanecer. (1 Samuel 25.36 LBLA)


Entonces, aquí vemos que Abigail regresa a casa y se encuentra con un marido ebrio, que no tiene idea que la muerte estuvo respirándole en la nuca hace unas pocas horas. Definitivamente, ese hombre nunca tuvo ni la más mínima idea del gran premio que obtuvo cuando se casó con Abigail. De hecho, considerando su situación, habría estado mucho mejor si ella hubiera permitido que la estupidez de Nabal lo alcanzara y le quitara la vida; pero, como ya dije ella no era así, no pagaría mal por mal, sino bien por mal. Y vuelvo a decir, esto no es algo fácil de hacer, porque nuestra naturaleza es vengativa, pero la nueva naturaleza espiritual, nacida de Dios, no lo es.


Entonces, Abigail, al ver el estado de su marido, decidió dejarlo dormir. Es probable que después de horas de preparación del pago a David, cabalgando al encuentro con él, las súplicas que le hizo a David por la vida de su marido y luego de la repentina liberación de emociones, esta maravillosa mujer se cayera en su cama, exhausta, y llorara hasta quedarse dormida. ¿Y qué pasó a continuación? Escuche:


Pero sucedió que por la mañana, cuando se le pasó el vino a Nabal, su mujer le contó estas cosas, y su corazón se quedó como muerto dentro de él, y se puso como una piedra. Y unos diez días después, sucedió que el Señor hirió a Nabal, y murió. (1 Samuel 25.37–38 LBLA)


Tal como decía antes, cuando le dejamos las batallas a Dios, Él obra de maneras que nosotros no esperamos. Por lo que ya hemos visto, Abigail no merecía un esposo de esas características, pero aún así le mostraba lealtad y misericordia. Amar a quien no se lo merece, no es tarea sencilla, y lo cierto es que solo Dios puede hacer eso posible en nosotros. Algunos creen que tras recibir la noticia Nabal sufrió un accidente cerebro vascular, el cual lo llevó a la muerte. A ciencia cierta, no lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que Dios obró en favor de David y de Abigail. Digo esto, porque David no tomó venganza, sino que dejó lugar a la ira de Dios (Romanos 12.19), mientras que Abigail había confiando su futuro a Dios.


Ambos sacrificaron un futuro previsible que les parecía atractivo, pero eligieron hacer lo correcto a los ojos de Dios. Porque después de que el Señor hiciera justicia contra el hombre llamado Necio, su plan pudo verse claramente. Estuvo allí todo el tiempo allí de pie justo detrás de la puerta de la obediencia, pues dice su Palabra:


Cuando David supo que Nabal había muerto, dijo: Bendito sea el Señor, que ha defendido la causa de mi afrenta de manos de Nabal, y ha preservado a su siervo del mal. El Señor también ha devuelto la maldad de Nabal sobre su propia cabeza. Entonces David envió a hablar con Abigail, para tomarla para sí por mujer. Y los siervos de David fueron a casa de Abigail en Carmel, y le hablaron diciendo: David nos ha enviado a ti, para tomarte para sí por mujer. Y ella se levantó y postrándose rostro en tierra, dijo: He aquí, vuestra sierva es una criada para lavar los pies de los siervos de mi señor. Abigail se levantó apresuradamente, montó en un asno, y con sus cinco doncellas que la atendían siguió a los mensajeros de David, y fue su mujer. (1 Samuel 25.39–42 LBLA)


Una vez que David atravesó la puerta de la obediencia, vio el plan del Señor y buscó la bendición que tenía ante él. Abigail tampoco perdió su tiempo. ¡No podemos culpar a ninguno de ellos! Las acciones de Abigail demostraron que era una mujer extraordinaria, una esposa que un rey sería un tonto si pasara por alto. Las acciones de David demostraron que era un hombre real, un hombre lo suficientemente fuerte como para darse cuenta de que estaba equivocado, y para tomar en serio una reprimenda sabia, además de examinar sus decisiones, confiar en el Señor y hacer lo que es correcto a los ojos de Él.


El matrimonio en aquellos días estaba motivado más por el honor y el deber que por el amor. Además, la sociedad del antiguo Oriente no era amable con las viudas, ni siquiera con las ricas. Y la vida en la frontera sur de Israel era un lugar peligroso para cualquiera que no estuviera equipado para luchar. David vio a una viuda necesitada, que también resultó ser una mujer extraordinariamente fiel, misericordiosa, sabia y perspicaz. Mientras que Abigail vio a un protector para preservar su propiedad, quien también resultó ser un hombre conforme al corazón de Dios. David y Abigail demostraron una fe poco común y decidieron dejar de lado un futuro que harían por sí mismos. En consecuencia, Dios actuó rápidamente para bendecirlos a ambos en lugar de hacerlos esperar.


Entonces, ¿qué enseñanzas sacamos para nuestras vidas?


Comencemos con David. Aprendemos que las reacciones precipitadas nunca dan buenos resultados, porque la reacción de mal genio de David casi lo llevó al asesinato. También aprendemos a que debemos escuchar las voces sensatas que nos aconsejan cuando estamos a punto de cometer un error o de actuar precipitadamente.


De Nabal aprendemos que los compañeros insensibles dejan un dolor indescriptible a su alrededor. Esto también se aplica también a las esposas que roban a sus maridos la dignidad y el respeto con sus continuas críticas y su actitud generalmente desdeñosa. Para un hombre, mis hermanas, el amor y el respeto son lo mismo. Cuando usted lo critica, lo insulta o no confía en él, le causa un dolor de corazón incalculable. Lo trágico es que es posible que nunca lo vaya a saber. Porque aunque le pregunte a su marido, nunca se lo dirá; porque a los hombres no nos agrada reconocer debilidades, especialmente las que son heridas sentimentales.


Maridos, la actitud de Nabal se aplica directamente a los varones, a los maridos, especialmente que despojan a sus esposas de la autoestima y el valor al rechazar sus consejos y no ver sus cualidades positivas. Mis hermanos varones, la comunicación es para una mujer lo que la intimidad física es para un hombre. Si usted está actuando como un Nabal, por favor, mi hermano, ¡despierte! Dios le ha dado un regalo incomparable en esa esposa suya.


Y finalmente, de nuestra protagonista, Abigail, aprendemos que las personas sabias hacen el mejor uso del tiempo y el tacto. Ya que cuando Abigail sintió el peligro, nadie tuvo que decirle que se moviera con rapidez. La sabiduría sabe cuándo reducir la velocidad y evaluar todos los ángulos de una situación, y también sabe cuándo aprovechar un momento antes de que se escape. También aprendemos que cuando Abigail vio el asesinato dibujado en los ojos de David, no sintió temor, sino que habló con valentía y calma. Ella eligió cuidadosamente sus palabras, no para ganar la discusión, esto es importante; sino para poner a David en la mejor posición para escuchar y seguir su consejo. No era una manipulación, sino que esto hacen las buenas esposas y las personas sabias con sus cercanos; no buscan ganar discusiones, sino ayudar a ver con mayor claridad lo que no es tan evidente a la otra persona.


También aprendemos sobre la fidelidad de Abigail, sobre como ella pagaba bien cuando se le hacía mal, e incluso, como le hacía el bien a quien no se lo merece. Razón por la cual ella es una figura de Cristo. Por ejemplo, a pesar de que ella era una mujer rica, esposa del descendiente de Caleb, la vemos descender de su asno y postrarse en el suelo, humillándose a sí misma. Y además, cuando David envía a sus hombres a pedir su mano para hacerla su esposa, ella dice algo impresionante; ella dice que iba a ser una esclava cuyo lugar era lavar los pies de sus esclavos, la más baja de las bajas. Y aquí mismo vemos al Señor Jesús, tal como nos dice Pablo en Filipenses capítulo dos, que Él se humilló no solo al encarnarse, sino que se humilló haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz.


También vemos que Abigail es una figura de Cristo cuando se pone en medio, cuando se atribuye un castigo que ella no merecía, salvando la vida de quien efectivamente merecía la muerte. Porque ella le dijo: «Señor mío, solo sobre mí sea la culpa». Siendo que Abigail era completamente inocente de todo lo acontecido, pero de todas formas se inculpó del mal que cometió su esposo Nabal; así como nuestro Señor Jesús se inculpó del pecado que nosotros cometimos (2 Corintios 5.21). Y así como el Señor, ella presentó una ofrenda para saldar la deuda que Nabal le debía a David, una que por cierto lo satisfizo. ¿No es acaso lo mismo que el Señor Jesús hizo? Así es, es lo que el Señor hizo en la cruz, Él se presentó como ofrenda por el pecado de sus criaturas (Hebreos 10.10) satisfaciendo la justicia divina.


En conclusión, mis hermanos, podemos claramente imitar a esta mujer; es más, aprendamos nosotros a ser figuras de Cristo así como fue ella, pagando bien por mal, humillándonos, aunque seamos «importantes»; a poner la otra mejilla; a ser misericordiosos con quien nos hace el mal; a hacer el bien cuando se nos paga por mal; e incluso pagando lo que no debíamos.


Que el Señor les prospere y les bendiga siempre.



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Episodio #79 Abigail, un ejemplo a imitar
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