• Alexis Sazo

Episodio #53: Acerca de la reprensión

Actualizado: 23 de sep de 2020



Nota: Esta es la transcripción de un episodio del podcast Edificados en Cristo. Para escuchar el episodio del podcast hacer click aquí.


¡Sean todos muy bienvenidos a un nuevo episodio más en su podcast Edificados en Cristo! Mi nombre es Alexis. Y el día de hoy les traigo un episodio titulado: Acerca de la reprensión. Pero antes, demos paso a la intro y los veo enseguida.


Dice la Palabra de Dios:


¿No reprenderá el que castiga a las naciones, el que enseña conocimiento al hombre? El Señor conoce los pensamientos del hombre, sabe que son sólo un soplo. Bienaventurado el hombre a quien corriges, Señor, y lo instruyes en tu ley. (Salmos 94.10–12 LBLA)

¡Cuánto nos cuesta recibir la reprensión de parte de Dios y más aún de nuestros semejantes! Como seres humanos, nos desagrada muchísimo cuando alguien nos corrige, ya que eso significa que estamos haciendo algo mal o hemos cometido un error, lo cual nos molesta profundamente. Y lo que es peor aún que mientras más soberbios somos, más nos desagrada la corrección.


La palabra represión no es usada muy a menudo hoy en día, por lo que comenzaré definiéndola. Dice el diccionario de la Real Academia que reprensión significa:


Corregir, amonestar a alguien vituperando o desaprobando lo que ha dicho o hecho.

Ahora, si vamos a las escrituras, esta palabra aparece tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento y en sus idiomas originales (hebreo y griego) significan lo mismo, corregir algún error. Aunque, claro, en el Antiguo Testamento, también se usa con la connotación de una llamada de atención muy severa por parte de Dios. Voy a leer un ejemplo, dice así:


Entonces aparecieron los abismos de las aguas, y quedaron al descubierto los cimientos del mundo, a tu reprensión, oh Jehová, por el soplo del aliento de tu nariz. (Salmos 18.15)

En este episodio quiero que revisemos la reprensión de parte de Dios, la reprensión al inconverso, así como al creyente, tanto maduro como inmaduro, pero entendiendo esta reprensión como una corrección frente a algún tipo de error.


Entonces, veamos primero la represión de Dios hacia el ser humano. Dice así su palabra:


Volveos a mi reprensión; he aquí yo derramaré mi espíritu sobre vosotros, y os haré saber mis palabras. Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, extendí mi mano, y no hubo quien atendiese, sino que desechasteis todo consejo mío y mi reprensión no quisisteis, también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis; cuando viniere como una destrucción lo que teméis, y vuestra calamidad llegare como un torbellino; cuando sobre vosotros viniere tribulación y angustia. Entonces me llamarán, y no responderé; me buscarán de mañana, y no me hallarán. Por cuanto aborrecieron la sabiduría, y no escogieron el temor de Jehová, ni quisieron mi consejo, y menospreciaron toda reprensión mía, comerán del fruto de su camino, y serán hastiados de sus propios consejos. (Proverbios 1.23–31)

En estos versículos vemos que Dios nos llama para que seamos reprendidos por él, ya que cuando nos reprende, lo hace porque nos ama y desea lo mejor para nosotros, pues busca evitarnos el mal y guiarnos por sendas de la vida. Lo malo es que la gran mayoría de los creyentes, especialmente en la actualidad, ven la reprensión de Dios como algo malo, como si él los estuviera castigando, en vez de entender que Dios está manifestando su amor para con sus hijos.


Lo interesante es que el resto de la creación tiembla ante la reprensión de Dios, bien dice su Palabra:


Las columnas del cielo tiemblan, y se espantan a su reprensión. (Job 26.11)

Mientras que nosotros, los creyentes, tantas veces no nos damos ni por aludidos frente a la reprensión de Dios o, sencillamente, tomamos la reprensión de él como algo injusto, pues a nuestros propios ojos, nosotros no hemos cometido error alguno, pero bien dicen las escrituras:


¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión. (Salmos 19.12–13)

Como vemos, nosotros, como seres humanos, no podemos conocer a fondo nuestros propios errores y es por eso que necesitamos que Dios nos los haga ver. No obstante, existen hermanos que enseñan que, como creyentes, cada día debemos examinarnos para ver en qué hemos fallado y así, pedir perdón a Dios, por así decirlo, un ejercicio de autoconocimiento para poder enmendar nuestros errores delante de él. Desconozco si lo hacen basados en los siguientes versículos:


Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean rectos. No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal. (Proverbios 4.26–27)

Si ese es el caso, la pregunta es ¿será el autoconocimiento el verdadero sentido del pasaje? Si uno revisa una traducción bíblica más orientada hacia el sentido bíblico y no a la traducción literal palabra por palabra podemos ver una visión más clara de estos versos. Dice así:


Endereza las sendas por donde andas; allana todos tus caminos. No te desvíes ni a diestra ni a siniestra; apártate de la maldad. (Proverbios 4.26–27 NVI)

Bueno, independientemente, si enseñan eso basados o no en estos versículos, de todas formas, la pregunta es ¿lo que enseñan tiene un fundamento bíblico? A decir verdad, no. Porque como hemos visto, nadie puede entender sus propios errores, por lo tanto, nunca podremos ser capaces de examinarnos correctamente, es decir, que nuestro juicio nunca podrá estar completo; porque jamás podremos conocer lo que hay en nosotros para poder enmendarlo, ya que únicamente Dios conoce todo lo que hay en nuestros corazones y mentes. Bien dice su palabra:


Más engañoso que todo, es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá? Yo, el SEÑOR, escudriño el corazón, pruebo los pensamientos, para dar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus obras. (Jeremías 17.9–10 LBLA)

Esto del autoconocimiento es parte de las corrientes de pensamiento y religiones orientales que dicen que a través de este auto conocerse uno puede alcanzar estados más elevados de consciencia. No obstante, sabemos como creyentes, que esas son doctrinas falsas creadas por el maligno para apartar al ser humano de Dios y de su Salvación.


Demás está decir que nosotros somos malos y nada bueno hay nosotros; realidad que conocimos cuando llegamos a los pies de Cristo. Bien nos dice su Palabra en el libro de Job:


¿Qué cosa es el hombre para que sea limpio, y para que se justifique el nacido de mujer? He aquí, en sus santos no confía, y ni aun los cielos son limpios delante de sus ojos; ¿Cuánto menos el hombre abominable y vil, que bebe la iniquidad como agua? (Job 15.14–16)

Y es en esta maldad innata que estamos cegados, pues, generalmente, nunca vemos lo malo que hay en nosotros, sino que siempre vemos solo lo bueno; sin embargo, por más que tratemos de ver lo malo en nosotros, nunca podremos verlo completamente, porque como dije, nuestra propia maldad nos ciega. No obstante, hay quienes descontextualizan otros versículos de este mismo libro de Job, aludiendo a que uno puede llegar a conocerse a sí mismo siendo creyente. Para ello usan los siguientes versículos. Dice así:


Sin embargo, en una o en dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende. Por sueño, en visión nocturna, cuando el sueño cae sobre los hombres, cuando se adormecen sobre el lecho, entonces revela al oído de los hombres, y les señala su consejo, para quitar al hombre de su obra, y apartar del varón la soberbia. (Job 33.14–17)

Dije que descontextualizan estos versos, porque cuando los miramos en el contexto, tanto del libro, como del capítulo, vemos que fueron dichos por Eliú, uno de los amigos de Job, quien, precisamente, le está haciendo ver a su amigo un error que Job había cometido durante su discurso de defensa frente a sus amigos y del cual no era completamente consciente, ya que unos versos antes este Eliú le dijo a Job lo siguiente:


De cierto tú dijiste a oídos míos, y yo oí la voz de tus palabras que decían: Yo soy limpio y sin defecto; soy inocente, y no hay maldad en mí. (Job 33.8–9)

Además, si nosotros pudiésemos llegar al autoconocimiento por nuestros propios medios, la Palabra de Dios se contradeciría a sí misma, porque en los versos del salmo 19 que leí antes, claramente queda en evidencia que no podemos llegar a conocer nuestros propios errores, sino que debe ser Dios quien los revele. Además, sabemos que la Palabra de Dios no se niega a sí misma, porque entonces iría en contra de la naturaleza perfecta de Dios. Lo que sí es correcto decir, es que en dependencia a Dios, él nos hace conscientes de nuestras faltas y errores, pero vuelvo a repetir, nunca alcanzaremos un conocimiento pleno de nuestra maldad o errores por nosotros mismos, porque solo Dios conoce nuestros corazones y mentes.


Porque la manera bíblica para llegar a conocer nuestros propios errores, como decía recién, es una en la que dependamos de Dios de manera absoluta; una dependencia que él desea que desarrollemos, así como la de los niños pequeños con sus padres (Mateo 18.3), para que así reconozcamos nuestra absoluta incapacidad, no solo en esto, sino en toda nuestra vida espiritual. Por eso es que David decía:


Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno. (Salmos 139.23–24)

Yo entiendo que hay una muy buena intención en enseñar sobre el autoexaminarse, no obstante, las escrituras nos enseñan que no podemos llegar a conocernos a cabalidad, ni a ver todos los errores que cometemos, por lo tanto, no podemos juzgarnos correctamente a nosotros mismos. Es por eso que el Señor nos dijo: “porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15.5).


Ahora, veamos la represión a los inconversos. Dice así la Palabra de Dios:


El que corrige al burlón se gana que lo insulten; el que reprende al malvado se gana su desprecio. No reprendas al insolente, no sea que acabe por odiarte; reprende al sabio, y te amará. (Proverbios 9.7–8 NVI)

Especialmente en estos días, corregir a una persona del mundo se ha vuelto casi un “deporte de alto riesgo”. Digo esto, porque las personas del mundo están en una especie de auto-deificación, es decir, que nadie les puede decir nada porque, a sus propios ojos, son intocables como un tipo de divinidad del mundo antiguo; porque casi que es una “violación de sus derechos como ser humano” corregirlos en algo. Esto es porque vivimos en los tiempos finales y como bien le dijo Pablo a Timoteo:


Timoteo, es bueno que sepas que, en los últimos días, habrá tiempos muy difíciles. Pues la gente sólo tendrá amor por sí misma y por su dinero. Serán fanfarrones y orgullosos, se burlarán de Dios, serán desobedientes a sus padres y malagradecidos. No considerarán nada sagrado. No amarán ni perdonarán; calumniarán a otros y no tendrán control propio. Serán crueles y odiarán lo que es bueno. Traicionarán a sus amigos, serán imprudentes, se llenarán de soberbia y amarán el placer en lugar de amar a Dios. Actuarán como religiosos pero rechazarán el único poder capaz de hacerlos obedientes a Dios. ¡Aléjate de esa clase de individuos! (2 Timoteo 3.1–5 NTV)

Como hemos visto, bien nos dice Dios en Proverbios, que no es sabio reprender a un burlón, ni a un malvado (la Reina Valera dice al escarnecedor), porque nos ganaremos su odio y desprecio. Y acabamos de ver que Pablo le dice a Timoteo que se aleje de ese tipo de personas. Aunque eso no significa que debemos dejar de predicarles, porque ese es un mandato directo del Señor Jesús. Pero les pregunto ¿no les ha pasado que cuando uno les cita un versículo de las escrituras a las personas de hoy en día, muchas de ellas se enfurecen y lo insultan a uno? Esto pasa especialmente en las RRSS. Aunque esta reacción es típica, por el poder que tienen las escrituras, ya que son cortantes como una espada de dos filos y llegan hasta lo más profundo del ser humano (Hebreos 4.12-13) y al sentirse tocados reaccionan así, como una especie de “mecanismo de autodefensa”. Pero Dios dice:


El que desprecia la palabra pagará por ello, pero el que teme el mandamiento será recompensado. (Proverbios 13.13)

Si bien, no podemos hacer nada con estas personas, en el contexto de la reprensión me refiero, sí podemos orar por ellos y, sobre todo, seguir predicándoles, porque solo la Palabra de Dios y la Salvación que ofrece nuestro Señor, podrán cambiar sus vidas; así que, no nos desanimemos y sigamos adelante, porque bien nos dijo el Señor:


Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. (Juan 15.18–20).

Ahora, continuemos con la represión a los creyentes maduros e inmaduros. Pero comencemos primero con los inmaduros. Dice la Palabra Dios:


El reprendido que no cambia será aniquilado pronto y sin remedio. (Proverbios 29.1 LP:EMD)

El creyente inmaduro cuando es reprendido por Dios tiene dos reacciones, obedece lo que Dios le corrige y crece espiritualmente o se muestra obstinado frente a la reprensión y se estanca en su crecimiento espiritual. Ahora, si quien le hace la reprensión es un hermano en la fe, tenemos también dos reacciones, la primera es que puede tomar relativamente bien la reprensión, siempre y cuando sea alguien a quien considera superior a él mismo o simplemente se enfada y se ofende tras ser reprendido, porque considera que el otro no es digno o no está a la altura para decirle algo.


Aunque, en este punto se debe ser muy cuidadosos en cómo nos dirigimos a esta tipo de hermanos, pues recordemos que el Señor Jesús nos dijo:


Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar. (Mateo 18.6)

Y que es, básicamente, el mismo llamado que nos hace el apóstol Pablo en su carta a los romanos cuando dice:


Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano. (Romanos 14.13)

No voy a ahondar en lo de juzgar a otro hermano, porque eso ya lo hablé en el episodio de la semana pasada. En lo que me quiero centrar es en la forma en cómo abordamos a un hermano inmaduro que necesita reprensión, ya que no podemos hablarle sin amor o con dureza, porque bien nos dice su Palabra:


Hay quien habla sin tino como golpes de espada, pero la lengua de los sabios sana. (Proverbios 12.18 LBLA)

Como decía, nuestro hablar hacia nuestros hermanos inmaduros no debe ser con rudeza, pues tenemos que tener en mente que ese hermano es como un bebé o un niño pequeño y como adultos, tendemos a hablarle con cariño y ternura a los pequeñitos. De la misma manera debemos pensar de estos hermanos inmaduros. Pues, no es su culpa llevar poco tiempo en las cosas de Dios y desconocer mucho de las escrituras. Diferente es si un hermano sigue siendo inmaduro a pesar de los años que lleva de creyente, pues eso es otro tema. Aunque, de todas formas debemos hablarles con amor a esa clase de hermanos, pues tenemos el mandato de parte de nuestro Señor Jesús de amarnos los unos a los otros como hermanos (Juan 13.34).


Ahora, un creyente inmaduro debe ir aprendiendo a recibir la reprensión y los consejos, tanto de parte de Dios como de sus hermanos, porque de no hacerlo queda expuesto a desviarse de la fe, tal como nos dice su Palabra. Escuche:


Por senda de vida va el que guarda la instrucción, mas el que abandona la reprensión se extravía. (Proverbios 10.17 LBLA)

Pero todos aquellos que fácilmente se ofenden o se molestan cuando alguien les hace ver que han cometido un error, es decir, los reprenden, es porque sus corazones están cargados de soberbia, pues se creen más que quien les está haciendo la reprensión o sencillamente en su soberbia creen que no se equivocan y quien les reprende está errado. No voy a ahondar en este tema de la soberbia, porque ya lo hablé en el episodio número 50 del podcast. Pero es interesante ver que las escrituras definen como escarnecedores o burladores a las personas que no reciben la reprensión. Escuche:


El escarnecedor no ama al que le reprende, ni se junta con los sabios. (Proverbios 15.12)

No obstante, dos errores comunes que cometemos como creyentes son, primero, creernos sabios. Esto es un error muy peligroso y a decir verdad, no es tan infrecuente. Por eso es que Dios nos tiene que decir lo siguiente:


Hay más esperanza para los necios que para los que se creen sabios. (Proverbios 26.12 NTV)

Cada uno de nosotros debe pensar de sí mismo con cordura, tal como dice Pablo en Romanos 12.3; porque si pensamos de nosotros mismos como sabios, esto demuestra que, precisamente, estamos faltos de sabiduría y he aquí lo hermoso, que nuestro Dios nos da de su sabiduría de manera gratuita, en abundancia y sin ningún tipo de reproche (Santiago 1.5).


El segundo error que cometemos, es pensar que ya sabemos bien alguna cosa y, por lo tanto, no necesitamos que otros nos enseñen nada o nos reprochen porque ya lo sabemos, sin embargo, su Palabra nos dice:


El conocimiento envanece, pero el amor edifica. Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo. (1 Corintios 8.1–2)

Esto es parte de la humildad, de este aprender a ser humildes como el Señor nos mandó (Mateo 11.29) y jamás considerar que conocemos algo a cabalidad, porque ese momento recién llegará cuando nuestros cuerpos sean cambiados y podamos conocer como hemos sido conocidos (1 Corintios 13.12).


Por último, veamos un poco del creyente maduro. Este tipo de cristiano es uno que ha aprendido a ser dócil, a recibir con mansedumbre la corrección, sin importar cuánto sepa y cuántos años tenga de cristiano o incluso si es quien enseña las escrituras a otros; pues como creyentes jamás dejamos de aprender y, especialmente, de equivocarnos, pues somos seres humanos, lo cual nos hace ser falibles. Ahora, ¿cómo sé si soy maduro en esta área? Bueno, nos dice su Palabra:


Como zarcillo de oro y joyel de oro fino es el que reprende al sabio que tiene oído dócil. (Proverbios 25.12)

En otras palabras, vemos que los creyentes maduros son aquellos que han aprendido a recibir la reprensión con mansedumbre, sin enfadarse e incluso con agradecimiento (Proverbios 9.8), pues como decía antes, ninguno de nosotros está libre de equivocarse. Entonces, estos hermanos han entendido que no son infalibles y aceptan de buena gana cuando alguien los reprende. Tristemente, no es la característica predominante entre el pueblo de Dios, sino que es la actitud anterior, la de los creyentes inmaduros que se ofenden y molestan cuando se les reprende.


Como dije al principio, no recibir la reprensión, ya sea de Dios o de nuestros semejantes, solo deja al descubierto nuestra soberbia. No obstante, nuestra actitud debería ser como la del rey Agur quien dijo:


Ciertamente soy el más torpe de los hombres, y no tengo inteligencia humana. Y no he aprendido sabiduría, ni tengo conocimiento del Santo. (Proverbios 30.2–3 LBLA)

Este hombre que habló de esta forma de sí mismo escribió un proverbio lleno de sabiduría, no obstante, él se veía a sí mismo como alguien carente de sabiduría e inteligencia. Así que, hermanos, si carecemos de esta actitud sabia para recibir la reprensión, ya sea de parte de Dios o de nuestros semejantes, pidámosle a él que nos enseñe a ser mansos y humildes de corazón, pues recordemos que este es un mandato del Señor, porque el verbo está en la conjugación imperativa, lo cual significa que es un mandamiento. Voy a leer el versículo, dice así:


Y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. (Mateo 11.29)

Mis hermanos, si nunca hemos obedecido este mandamiento de Dios, si jamás le hemos pedido a Él que nos enseñara a ser mansos y humildes de corazón ¿qué le vamos a responder al Señor cuando estemos en aquel día cuando nos pida cuenta por lo que hicimos? ¿Cuál va a ser nuestra excusa para no obedecerle?


Vuelvo a decir, hermanos, pidámosle a Dios que nos enseñe a ser mansos y humildes de corazón, para así dejar la soberbia de lado y de esta forma poder recibir la reprensión con sabiduría, tanto de parte de Dios, como de nuestros hermanos.


Que el Señor les bendiga.



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