• Alexis Sazo

Tres clases de ateos



Dice el necio en su corazón: no hay Dios. (Salmos 14.1a RVR60)


No sé si usted alguna vez se ha cruzado con algún ateo mientras trata de predicar el evangelio. Lo cierto es que muchos de ellos están obsesionados con «probar» que no existe Dios, y creen que porque tienen un «argumento científico» Dios deja de existir.


Se hallaba un conocido predicador un día sentado junto a varios jóvenes que se entretenían burlándose de la religión, del más allá y de la existencia de Dios, declarándose a sí mismos ateos. Tras escucharlos pacientemente por un tiempo, finalmente se metió en la conversación y les dijo:


—Escuchad, hay tres clases de ateos. Hay ateos que han llegado a serlo tras un exhaustivo estudio de los distintos sistemas filosóficos, tanto antiguos como modernos, que les han llevado a la conclusión y convencimiento, errado, por supuesto, de que Dios no existe. No sé si alguno de vosotros pertenece a este grupo. Todos lo negaron tímidamente.


—El segundo grupo de ateos —prosiguió— lo forman aquellos que carecen de criterio propio. Simplemente, igual que los loros y papagayos, van repitiendo aquello que escuchan de otros, para ser modernos y no estar fuera de moda. No entienden lo que dicen, pero lo repiten. Espero que ninguno de vosotros pertenezca a esta clase. Todos negaron con la cabeza abiertamente.


—Bien, pues el tercer grupo lo componen aquellos que tienen mala conciencia, en cuya vida hay tanto de corrupto y tanto que ocultar que sienten la necesidad de desear y convencerse a sí mismos de que no existe un Dios santo y justo y que no hay nada después de la muerte. Porque saben bien que si Dios existiera y tuvieran que comparecer un día ante su presencia, su situación después de la muerte sería terrible. De modo que se consuelan afirmando que Dios no existe. Y dicho esto, se levantó, se despidió de ellos con la mayor cortesía y se marchó.


Este tercer grupo es del que hablaba al principio, son aquellos que buscan probar con todas sus fuerzas la «no existencia de Dios» con tal de calmar sus atribuladas conciencias cargadas de pecado. Algo que he aprendido con el tiempo es a no seguirles la corriente, pues ellos desean probar su o sus puntos, pues están seguros que ganarán cualquier disputa con un creyente, pero lo que hay que hacer es hablarle de lo que ellos tratan de evitar, y una buena forma de hacerlo es citarles lo que Dios dice en su Palabra:


Pero al malo dijo Dios: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? Pues tú aborreces la corrección, y echas a tu espalda mis palabras. Si veías al ladrón, tú corrías con él, y con los adúlteros era tu parte. Tu boca metías en mal, y tu lengua componía engaño. Tomabas asiento, y hablabas contra tu hermano; contra el hijo de tu madre ponías infamia. Estas cosas hiciste, y yo he callado; pensabas que de cierto sería yo como tú; pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos. Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, no sea que os despedace, y no haya quien os libre. (Salmos 50.16–22 RVR60)


Nunca olvidemos que este tipo de persona siente el peso de su pecado y busca desesperadamente calmar su conciencia que los acusa. No pasemos de ellos, ni tratemos de ganarles en sus argumentos, sino que llevémosles a donde no quieren ir, que es a la luz de Dios para que salgan a la luz sus malas obras y puedan acudir al único que los puede salvar, que es el Señor Jesús.


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