• Alexis Sazo

¿Tolerancia o benevolencia?



 

Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos. (1 Timoteo 2:5–6)

 

Nuestra época ha coronado a la tolerancia como la más hermosa de las virtudes. Se le exalta como base indispensable para una sociedad armoniosa, un poderoso antídoto contra el fanatismo, los prejuicios y las exclusiones. Aunque ciertamente siempre habrá voces disidentes, aun así se impulsa la tolerancia en los distintos niveles de la sociedad.


Es cierto que la intolerancia es el origen de muchos conflictos en las familias en diversos grupos y en las naciones. Pero notemos que fácilmente somos tolerantes en aquello que no significa gran cosa para nosotros, pero mucho menos en lo que nos toca de cerca. Además, a nadie le gusta ser solamente «tolerado». De los demás esperamos más que una simple tolerancia de nuestras creencias y convicciones, más que la indiferencia en cuanto a nuestra manera de vivir.


En la Biblia va mucho más lejos. Nos invita a demostrar verdadero amor por nuestro prójimo, a quien debemos «amar como a nosotros mismos» (Mateo 22:39). Esto se traduce en más que una simple tolerancia, sino en un genuino interés por los demás, por su bienestar, por su libertad, pero sin permanecer indiferentes a lo que piensan o creen y a las distintas situaciones que les afectan. De aquí nace el interés de los creyentes por predicarles el evangelio, para que no partan de este mundo sin haber creído en el Señor Jesús como su Salvador personal. Ya que su Palabra nos dice que: «En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12).


Y a pesar de la negativa que podamos enfrentar al evangelizar a las personas del mundo –y también a nuestros familiares más directos–, debemos amarlas orar permanentemente por ellos, incluso si estas personas nos agreden, pues es lo que dijo el Señor:


Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. (Mateo 5:43–45)


Así que, hermanos, no solo debemos tolerar a las personas que nos rodean, sino que debemos amarles y mostrarles benevolencia, así como Dios nos mostró su benevolencia al amarnos y dar su vida por nosotros, aun cuando nosotros éramos sus enemigos (Romanos 5:10). No olvidando el mandamiento que dice:


Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios. (Hebreos 13:16)


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