• Alexis Sazo

Si la sal deja de salar



Ustedes son la sal de la tierra, pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo volverá a ser salada? Ya no servirá para nada, sino para ser arrojada a la calle y pisoteada por la gente. (Mateo 5.13 RVR60)


¿A qué se refería el Señor Jesús cuando le dijo a sus seguidores que ellos eran «la sal de la tierra»? Comencemos entendiendo el uso de la sal en la antigüedad. En el mundo antiguo, la sal se usaba para muchas cosas. Una de ellas era preservar la comida. Sin la sal, la carne y el pescado se dañaban rápidamente, porque en aquellos días no había sistemas de refrigeración para conservar los alimentos. De la misma forma, los cristianos que defienden las normas morales de Dios podemos retrasar la decadencia de la sociedad.


La sal también se usaba como abono. Por ejemplo, hasta mediados del siglo XX, los agricultores ingleses añadían sal a sus campos para aumentar la producción. La sal contribuía a que la cosecha aumentara. Del mismo modo, los cristianos también podemos contribuir para que aumente lo que es bueno dondequiera que vivan.


De la misma manera, dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial. (Mateo 5.16 NTV)


Y el uso que permanece hasta nuestros días, es que la sal mejora el sabor de las comidas. Y con sus testimonios, los creyentes, ayudan a quienes los rodean a saborear la vida plenamente como fue la intención de Dios.


Sin embargo, Jesus advirtió que la sal puede perder su sabor. Déjenme explicar un poco este punto. La sal pura, como la conocemos, hecha de cloruro de sodio, no puede perder su sabor. Pero en el antiguo Israel, los agricultores extraían la sal de las costas del mar Muerto. Aunque se llamaba sal y parecía sal, estaba mezclada con otras sustancias. Entonces, los agricultores apilaban el material salado en un campo, pero cuando caían lluvias, a veces la sal pura se perdía, y lo que quedaba parecía sal, pero había perdido su propiedad. Lo mismo pasa con nosotros, cuando permitimos que el mundo, satanás y el pecado nos distraigan de nuestro objetivo que es ser sal de este mundo. Cuando dejamos de cumplir con nuestro cometido como creyentes, perdemos nuestro sabor y como dijo el Señor: «Ya no servirá para nada, sino para ser arrojada a la calle y pisoteada por la gente».


Así que, tengamos cuidado de no perder nuestra «salinidad» en cuanto vivamos en este mundo. ¿Y tú, mi hermano, eres un cristiano salado?


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