• Alexis Sazo

Practicar lo que se predica



Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? (Romanos 2:21–23 RVR60)


Mohandas Karamchand Gandhi, más conocido en el mundo como Mahatma Gandhi, encabezó la lucha de la India por la libertad del dominio británico. Sus prácticas religiosas hindúes y su filosofía política tuvieron una influencia radical y revolucionaria en millones de sus compatriotas.


En una etapa anterior de su vida, Gandhi consideró la posibilidad de convertirse en seguidor de Cristo. Atraído por su vida y enseñanzas, Gandhi asistió a reuniones de una iglesia en Pretoria, Sudáfrica. Posteriormente escribió: «La congregación no me impresionó por ser particularmente religiosa; no era una asamblea de almas devotas, sino más bien parecían ser personas mundanas que iban a la iglesia con fines recreativos y/o por costumbre. Me gusta su Cristo, pero no me gustan sus cristianos. Sus cristianos son muy diferentes a su Cristo». El cristianismo, concluyó, no podía agregar nada de valor al hinduismo. Así que se alejó de Cristo, para su propia perdición y la de muchos que lo seguían.


Si las iglesias estuvieran llenas de personas perfectas, semejantes en todo a Cristo, claramente no sería una iglesia, sería el cielo. El error de Gandhi fue mirar a su alrededor y no hacia arriba. Hay muchos que rechazan el cristianismo diciendo: «son un montón de hipócritas»; pero un predicador dijo en respuesta a aquella frase: «Sí, puede que haya hipócritas en este lugar, pero siempre hay cupo para uno más». Lo dijo porque la Palabra de Dios dice: «Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo» (Romanos 2:1 RVR60).


Sin embargo, ¿somos nosotros como esos feligreses de Pretoria? ¿Es nuestra adhesión al cristianismo pura cuestión de costumbres; una manera bonita de disfrutar las relaciones sociales? Y más importante aún, ¿vivimos el cristianismo que profesamos? ¿Practicamos lo que predicamos? Cada uno de nosotros ha de contestar esta pregunta de manera personal, ya que cada uno conoce su propia situación. No obstante, el Señor Jesús fue claro:


Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis. (Mateo 7:16–20 RVR60)


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