• Alexis Sazo

Orar por los enemigos



Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. (Mateo 5:44–45 RVR60)


Al final de la segunda guerra mundial, un cristiano atravesaba en bicicleta una zona ocupada en la región de Argenton-sur-Creuse (Francia), para reunirse con su familia. Al pasar por un pueblo, el ejército alemán lo detuvo. Allí un soldado alemán había sido abatido la noche anterior, por lo que habían decidido tomar represalias contra las primeras diez personas que fueran halladas en el pueblo.


A aquellas diez personas inocentes, se les hizo poner en fila frente a un muro para ser ejecutadas por un pelotón de fusilamiento. Entre esas diez personas estaba aquel cristiano, que pasaba por allí en su bicicleta. El creyente pidió si podía orar antes de que lo ejecutaran, cosa que le fue concedida. Pero el oficial a cargo pidió que se le tradujera la oración.


El creyente oró en voz alta por aquellas personas que habrían de perder sus vidas, también por los soldados que los habrían de ejecutar aquella orden y por el oficial a cargo de dar dicha orden. Cuando el creyente terminó su oración, el oficial mandó bajar las armas al pelotón de ejecución y abandonar aquel lugar.


¡Qué maravillosa respuesta a la ferviente oración de aquel hermano en la fe, quien confiaba plenamente en su Señor! Se desconoce si aquellas otras personas que se salvaron gracias a la oración de aquel creyente se acercaron a Dios. Pero frente a la respuesta a la oración de aquel hermano, podemos pensar en estos versículos:


Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás. (Salmos 50:14–15 RVR60)


Podemos aprender algunas cosas de esta historia verídica. La primera lección es que nunca desestimemos el poder de la oración, ni como esta afectará a quienes la oyen. Lo segundo tiene que ver con la gracia divina, ya que el Señor dijo (tal como leemos en los versos del encabezado): «y orad por los que os ultrajan y os persiguen». Cuando el Señor pronunció aquellos mandamientos, no dijo que lo hiciéramos para ser librados o para que a la persona que nos ultraja le fuera bien, sino con el fin de seguir el ejemplo de Dios Padre que hace el bien a quien no se lo merece.


Los seres humanos estábamos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2.1), éramos enemigos de Dios (Romanos 5:10), pero aun así, Dios quiso venir a rescatarnos, cuando merecíamos el castigo. Ese ejemplo debemos seguir, orar por nuestros enemigos, no esperando ser librados, sino porque debemos hacer el bien a quien no lo merece, tal como Dios lo hace cada día con nosotros.


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