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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Heridas



Envió su palabra, y los sanó. (Salmo 107:20)

Las heridas de la vida son numerosas para muchos. Puede que para algunos estas sean profundas y penetrantes, como por ejemplo: la muerte de un ser querido, el divorcio, la injusticia, el maltrato, la violencia, el desempleo, etc. las cuales a menudo dejan huellas, mientras que otras veces dejan heridas mal cicatrizadas. Las heridas, como la culpa, favorecen el sentimiento de rechazo, de abandono, y todo un cortejo de angustia y depresión, entre otros, sin olvidar el sentimiento de soledad. Así que, ¿quién no necesita sanación y perdón? La Biblia nos dice que Dios: «sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas» (Salmo 147:3). Por tanto, Él es el único y verdadero refugio para los que sufren.


Dios no es alguien distante que con indiferencia mira los padecimientos de sus criaturas. Todo lo contrario, pues su Palabra nos dice: «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón» (Salmos 34:18). Por esta razón, no debemos prestar atención a las mentiras del diablo que susurra a nuestros oídos cuando estamos pasando por esta clase de situaciones. Sino que debemos confiar en las promesas de aquel que es la verdad y no miente (Juan 14:6; Números 3:19).


Además, no podemos olvidar que su amor fue demostrado cuando el Señor Jesús vino a la tierra para llevar nuestros dolores (Isaías 53:4). ¡Qué mayor cercanía que esa! Aún más, en la cruz tomó sobre sí mismo el castigo que merecían nuestros pecados. El Señor, al ser «varón de dolores, experimentado en quebrantos» (Isaías 53:3), no solo nos puede entender a cabalidad, sino que también nos da descanso (Mateo 11:28).


En vez de alejarnos de Dios, los sufrimientos de la vida deberían empujarnos a sus brazos, porque solo Él nos ofrece un consuelo hecho a la medida de cada una de nuestras necesidades (2 Corintios 1:3–5). Y es el único que puede cambiar un desierto en oasis (Salmo 107:35), o una prisión en lugar de gozo.


Así que, hermanos, acudamos a los brazos de nuestro bondadoso Dios, quien nos promete cuidar de nuestras heridas y sanar nuestras dolencias.



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