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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Hambre y sed de Dios


Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. (Salmos 42:1–2).


Una niña que se había queda huérfana fue a vivir con su tía, una mujer soltera, muy acaudalada pero poco cariñosa, que la puso a cargo de una institutriz. Un día la encontró llorando. —¿Qué te pasa, querida? —le preguntó. —Tengo hambre, tía, solo eso —respondió la niña. —¡Hija, cómo es posible que puedas pasar hambre en esta casa! Ahora mismo doy órdenes a las cocineras para que te preparen una merienda exquisita. Se marchó a la cocina y a los pocos minutos regresó con una bandeja llena de pasteles y exquisitos chocolates. —No tengo hambre de estas cosas, tía —le dijo la niña—, sino de mamá, de su voz, de escucharle decir: «Ven, encanto, dale un beso a mamá». Sus oídos echaban de menos el sonido dulce de la voz de su madre, su amor y su cariño y ninguna otra cosa, por lujosa y apetitosa que fuera, le daba satisfacción. 


Ciertamente, cuando nuestros cuerpos necesitan «combustible», es cuando sentimos hambre o sed, dependiendo la situación. Pregunto, ¿qué tan seguido sentimos hambre y sed de Dios? Así como cuando nos despertamos con hambre y nos comemos un rico y abundante desayuno, ¿hacemos lo mismo con Dios? ¿Anhelamos un «desayuno» celestial? Así como aquella niña de la ilustración, nosotros, los creyentes, deberíamos acostumbrar nuestros oídos a la voz de Dios para sentir constantemente hambre y sed de Él. Tal como decía el salmista en el versículo del encabezado: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo». 


Como siempre, en este aspecto, nuestro Señor nos es un ejemplo de cómo deberíamos actuar y vivir. Cuando hablaba con la mujer samaritana al lado del pozo de Jacob, les dijo a sus discípulos: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra» (Juan 4:34). Si es que no sentimos esta hambre por Dios, por leer su Palabra, por orar o por hacer su voluntad, pidámosle a nuestro bendito Dios que nos dé hambre y sed de Él y su reino. Bien dijo el Señor:


Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Mateo 7:7–8)

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