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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Dispuestos a sufrir




Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado. (2 Timoteo 2:3–4)


Apenas llegado al Nepal para anunciar el Evangelio, el famoso hindú Shadu Sundar Singh fue arrestado y echado en prisión con ladrones y asesinos. Sin embargo, como ocurre muchas veces en los más pecadores, estos hombres estaban dispuestos a escuchar la historia de Jesús, el amigo de los pecadores, y varios de ellos aceptaron a Cristo como su Salvador. El carcelero, muy contrariado, ordenó a Sundar Singh que se callara, pero este contestó: 

—No puedo callarme, tengo que obedecer a mi Señor cualesquiera que sean los sufrimientos que me aguarden. 

El carcelero se volvió entonces hacia los prisioneros y les prohibió que escucharan a su compañero recién llegado. 

—¿Por qué esta prohibición? —preguntaron ellos—. 

Se nos ha encarcelado para hacernos mejores, y ahora que este hombre, con su enseñanza, despierta en nosotros verdaderos deseos de entrar en una nueva vida, se quiere que no le escuchemos. 


Muy perplejo, el carcelero contó lo sucedido a su jefe, quien ordenó que Sundar fuese trasladado a otra prisión, que era una antigua caballeriza sin luz. Allí, despojado de sus vestidos, atado a un poste su cuerpo, debía ser cubierto con sanguijuelas hasta que muriese. Y así fue hecho por aquella gente salvaje y cruel, pero Sundar Singh comenzó a cantar y alabar a Dios, esperando morir falto de sangre. Cada vez más turbado, el carcelero informó al gobernador: 

—¡Es increíble! Cuanto más se le hace sufrir, más feliz es. 

—Esto es una prueba evidente de que está loco. Las leyes del Nepal no autorizan atormentar a los locos. Sácale de la prisión y déjale ir. 


Así, Sundar Singh fue liberado para retornar a su precioso servicio de proclamar a los hombres la salvación por Jesucristo, y así continuó hasta el tiempo de su martirio, cuando Dios quiso llamarle a su lado.


Nuestros hermanos de los primeros siglos, no se consideraban discípulos de Jesús, si es que no habían padecido por causa del Nombre, y se gozaban cuando lo hacían (Hechos 5:41). Deseaban imitar en todo al Señor, lo cual incluía sufrir por Él. Pero cada vez que leo sobre los mártires de nuestros días, no dejo de preguntarme: ¿estoy yo dispuesto a sufrir por mi Señor? Y les hago la misma pregunta que me hago a mí mismo: ¿estarían dispuestos a padecer por el nombre de Cristo?


Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas. (1 Pedro 2:21)

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