• Alexis Sazo

Dar frutos en la vejez



El justo florecerá como la palma, crecerá como cedro en el Líbano. Plantados en la casa del Señor, florecerán en los atrios de nuestro Dios. Aun en la vejez darán fruto; estarán vigorosos y muy verdes, para anunciar cuán recto es el Señor, mi roca, y que no hay injusticia en Él. (Salmos 92.12–15 LBLA)


Muchas culturas, especialmente nuestra cultura occidental, valora la juventud más que la vejez, por ejemplo, en los puestos de trabajo. Pero claro, el mundo siempre va en contra de los designios de Dios, ya que Él mandó en su Palabra: «Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano, y de tu Dios tendrás temor. Yo Jehová» (Levítico 19.32 RVR60). Sin embargo, los creyentes no tenemos porqué sentirnos débiles al llegar o improductivos a medida que envejecemos y especialmente cuando se alcanza una edad avanzada. Porque a diferencia del mundo, Dios no desecha a las personas mayores. Por ejemplo, Abraham tenía más de 70 años cuando Dios lo llamó para que saliera a Canaán; Moisés tenía 80 cuando Dios lo envió a libertar a su pueblo Israel; Josué tenía más de 80 años cuando guío al pueblo de Israel en Canaán. Esto por mencionar algunos.


Lo cierto es que, mientras más viejos somos, deberíamos volvernos más eficaces y fuertes en la fe. De la misma forma en que el otoño es época de abundantes cosechas; por ejemplo, cebolla, coliflor, brócoli, repollo, habas, remolacha, arvejas, ajos, espinaca y lechuga escarola, por mencionar algunas. Así nosotros deberíamos poder decir como el apóstol Pablo: «Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día» (2 Corintios 4.16 RVR60).


Nosotros los creyentes deberíamos ser como el varón que se menciona en Salmos 1.1–3: «Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará».


Cuando nosotros ponemos nuestra confianza únicamente en nosotros y no en nuestras fuerzas humanas –las cuales, como sabemos, a medida que pasa el tiempo se van desgastando hasta que morimos–, somos lo que encontramos en el libro del profeta Jeremías:


Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto. (Jeremías 17.8 RVR60)


Les pregunto hermanos, ¿estamos confiando en Dios? ¿Estamos plantados en la casa del Señor? Porque si hacemos esto, no importará nuestra edad, siempre daremos fruto, incluso en la vejez, y como dijo el salmista: «estarán vigorosos y muy verdes».


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