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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Cuando lo invisible se ve




Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos. (Efesios 1:17–18)


Mucho de lo que pedimos en oración tiene que ver con lo que vemos con nuestros ojos. Oramos a Dios por problemas con nuestra casa, el trabajo, alguna dolencia que estamos sufriendo, la necesidad de un edificio nuevo para la iglesia local donde nos congregamos, etc. Todo eso está bien, es más, debemos orar por esas cosas, pues somos llamados a depender de Él.


Sin embargo, cuando el apóstol Pablo les habló a los creyentes de Éfeso, no hizo mención de las necesidades físicas que ellos pudiesen tener, sino que más bien le pidió a Dios que ellos pudieran ver y entender la verdad de Dios con mayor claridad (que es lo que leemos en los versículos del encabezado). Pablo estaba pidiéndole al Señor que les diera a los efesios la sabiduría y discernimiento espiritual en tres áreas específicas: la esperanza a la que habían sido llamados, las riquezas de la herencia espiritual y el poder de resurrección que tenían (versos 18 al 20).


Y si lo pensamos bien, estos elementos invisibles al ojo humano, son significativos, porque mientras mejor veamos con los ojos de la fe lo invisible, esto es, la esfera de Dios, mejor podremos ver a este mundo terreno y visible en el que habitamos, ya que seremos capaces de verlo como lo que realmente es, y de esta forma, podremos resistir a su seducción, pues frente a nuestros ojos quedará en evidencia la podredumbre y corrupción de sus atractivos a nuestros corazones. ¿Por qué es esto? Porque cuando entendemos mejor nuestra esperanza de vida eterna, y por el Espíritu Santo, nos damos cuenta de las abundantes riquezas que tenemos en Cristo Jesús, es entonces que podemos mantener una perspectiva adecuada de este mundo visible y no desearemos, por ejemplo, ni su amistad (Santiago 4:4) ni posaremos nuestros ojos en él (1 Juan 2:15–17).


Así que, hermanos, pidamos a Dios que nos alumbre los ojos de nuestro entendimiento, para que podamos ver lo invisible (a través de los ojos de la fe) y así todo atractivo del mundo pierda su brillo a nuestros ojos físicos.


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