• Alexis Sazo

Un amor incomprensible



Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (Romanos 5:8)

Al pasar frente a un puesto donde se presentaba la Biblia, unas jóvenes se rieron descontroladamente con solo leer un versículo bíblico que decía: «Sino por cuanto Jehová os amó…» (Deuteronomio 7:8). Quizás esa también sea su reacción frente al amor divino. Usted se ríe escapando así de un verdadero encuentro con Dios. O tal vez lo rechaza con un odio abierto. O puede que no le produzca risa, pero tampoco le cree a Dios.

Sin embargo, las pruebas del amor de Dios son numerosas. Si abriéramos los ojos ante la belleza de la naturaleza continuamente renovada, todos podríamos reconocer con admiración ese amor; porque la naturaleza es evidencia patente de la mano de Dios: «Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa» (Romanos 1:20–21)

Es más, es Dios quien nos mantiene con vida. Sí, que usted tenga vida es porque Dios así lo determina; el poder de mantenernos con vida no está en nosotros, bien dice la Biblia: «No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte» (Eclesiastés 8:8). Y burlarse de ese amor, menospreciarlo o sentir odio hacia Dios si nuestra vida no es fácil, únicamente demuestra el estado de nuestro corazón en rebeldía contra Él.

Sin embargo, más allá de todo esto, Dios continúa amándonos. Él vino en la persona de Jesucristo para mostrarnos ese amor eterno con que nos ama, aunque nosotros no lo hagamos; sí, es un amor incomprensible. Porque fue por amor que Dios castigó a su Hijo en nuestro lugar, y esto a raíz de nuestra rebelión contra Él. El deseo de Dios es darnos la paz, ya que debido al pecado somos enemigos de Él, tal como dice en el versículo del encabezado.

Dios quiere que nuestros sarcasmos o ira contra Él desaparezcan, pues desea reemplazarlos con su amor, su gracia, bondad, misericordia, paz, etc. Es más, su Palabra dice: «Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él» (1 Juan 4:9).


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