• Alexis Sazo

Toca la campana



Así que ahora les doy un nuevo mandamiento: ámense unos a otros. Tal como yo los he amado, ustedes deben amarse unos a otros. El amor que tengan unos por otros será la prueba ante el mundo de que son mis discípulos. (Juan 13.34–35 NTV)


Se cuenta la historia de un rey que colocó una campana de plata en una torre alta de su palacio a principios de su reinado. El rey anunció que tocaría la campana siempre que estuviese contento para que sus súbditos supieran de su gozo.


El pueblo prestó atención para escuchar el sonido de la campana de plata, pero esta se mantuvo en silencio. Pasaron días, semanas, meses y años. Pero nunca se escuchó nada que indicase que el rey estaba contento.


El rey envejeció, su cabello se le puso blanco, y a la larga se encontró en su lecho de muerte. Cuando algunos de sus súbditos se reunieron alrededor de su cama llorando, el rey descubrió que realmente había sido amado por su pueblo durante todos aquellos años. Justo antes de morir alcanzó la soga, la jaló y por fin la campana de plata emitió aquel sonido tan esperado.


Al igual que este monarca, muchas almas solitarias viven sus días sin gozo de saber que son amados y apreciados por otros. Pero en las escrituras encontramos hermosas promesas de Dios y su amor por nosotros:


Porque aunque mi padre y mi madre me hayan abandonado, el Señor me recogerá. (Salmos 27.10 LBLA)


Es cierto que a veces podemos no sentir el amor de los que nos rodean, incluso de las personas más cercanas como son nuestros padres; pero la hermosa promesa de Dios es que no nos dejará huérfanos, sino que vendrá a nosotros (Juan 14.18).


Y la mayor manifestación del amor de Dios hacia nosotros es en la cruz de Cristo:


Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. (Juan 3.16–19 RVR60)


¿Conoce a algún hermano que necesite una palabra de aliento? Si es así, dígale cuánto significa para usted; y especialmente, háblele del amor de Dios, recordándole lo que ha hecho por cada uno de nosotros. Porque puede ser justo lo que necesita para tener gozo en el día de hoy.


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