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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Testigos forzosos




Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque este es el testimonio con que Dios ha testificado acerca de su Hijo. (1 Juan 5:9)


Simón de Cirene regresaba del campo. Entrando en Jerusalén se cruzó con una tropa muy singular conducida por soldados romanos: había tres hombres condenados a morir por crucifixión, y cada uno cargaba su cruz. Dos eran ladrones, mientras que el tercero era el inocente Cordero de Dios, el Señor Jesús, a quien condenaron injustamente, pero al mismo tiempo, víctima voluntaria en obediencia a Dios su Padre.


Simón volvía tranquilamente a su casa, cuando de repente los soldados romanos lo detuvieron y lo obligaron a llevar la cruz del Señor Jesús. Siguió aquel cortejo, y oyó al Señor hablar a las mujeres que le seguían llorando: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lucas 23:28). La Palabra de Dios no nos dice cómo le habrá contado lo sucedido a su familia, a sus hijos Alejandro y Rufo (Marcos 15:21), pero sabemos que ellos alcanzaron salvación de sus almas.


Otro testigo forzoso fue aquel centurión romano que estaba vigilando a aquellos hombres crucificados. Este hombre vio cómo la multitud insultó al hombre crucificado en medio. Estuvo presente cuando el cielo se oscureció, y asimismo cuando el Señor pronunció aquellas palabras desde la cruz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23:46). También estuvo presente en aquel terremoto que le siguió luego (Mateo 27:51). Desconocemos qué pasó por su mente durante todo ese tiempo, pero sí conocemos lo que confesó: «Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios» (Marcos 15:39).


A diferencia de ellos, nosotros, los creyentes, no somos testigos forzosos del Señor, sino que somos testigos encomendados de lo que Él ha hecho en nuestras vidas (Marcos 16:15). A pesar de no haber estado presentes en aquellos momentos, y del mismo modo, de jamás haberle visto con nuestros ojos físicos, sin embargo, podemos dar fe de cómo es el perdón de pecados y la salvación que un día recibimos y que cambió nuestras vidas. Así que, demos testimonio de nuestro Señor, del perdón de pecados y de la salvación gratuita que nos ofrece, los cuales tiene el mismo poder que en antaño, pues aún siguen vigentes, ya que la puerta todavía sigue abierta. Pero no tardemos en hacerlo, porque Dios Padre pronto se levantará y cerrará la puerta (Lucas 13:25).


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