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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Reyes y sacerdotes como el Señor



Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén. (Apocalipsis 1:5–6)


¿Alguna vez se ha preguntado lo que significa que nosotros, como creyentes, hayamos sido hechos reyes y sacerdotes para Dios? Porque cuando nos convertimos y fuimos hechos hijos de Dios, por así decirlo, pasamos a ser «copias» del Señor Jesús (Hebreos 2:11–12). Y al ser imitadores de nuestro Señor (Efesios 5:1), ya no debemos parecernos a nadie más o tratar de imitar a otro que no sea Jesucristo. ¿Por qué? Porque Él es rey y sacerdote. Rey, pues está sentado a la diestra del Padre y todo el cielo le adora (Apocalipsis 4:9–11), y es sacerdote según el orden de Melquisedec (Hebreos 5:10). 


Un rey gobernaba sobre sus súbditos y era el regente sobre una porción de tierra definida. Por lo general, era quien comandaba los ejércitos de un país cuando salían a la batalla. Además, debía velar por el bienestar de su pueblo, así como hacer juicio sobre situaciones que le presentaban sus súbditos. Por su parte, los sacerdotes levitas estaban a cargo del cuidado del templo y sus utensilios, de oficiar los sacrificios y las celebraciones dadas por Dios a Moisés, entre otras cosas. Pero ¿y cómo se relaciona esto con nosotros?


Cada uno de nosotros debemos ser reyes de nuestra carne, gobernar sobre nuestros apetitos carnales, para que estos no nos gobiernen a nosotros. Solo podemos señorear sobre nosotros mismos, porque bien dijo el Señor: «Sabéis que los que son reconocidos como gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que sus grandes ejercen autoridad sobre ellos. Pero entre vosotros no es así, sino que cualquiera de vosotros que desee llegar a ser grande será vuestro servidor, y cualquiera de vosotros que desee ser el primero será siervo de todos» (Marcos 10:42–44 LBLA).


Ahora, en cuanto al sacerdocio, cada uno de nosotros debe cuidar del templo de su cuerpo, porque en él mora el Espíritu Santo (1 Co 6:19). Una característica importante de los sacerdotes, era la siguiente: «Pues los labios del sacerdote deben guardar la sabiduría, y los hombres deben buscar la instrucción de su boca, porque él es el mensajero del Señor de los ejércitos» (Malaquías 2.7 LBLA). ¿Cómo es nuestro hablar? ¿Somos buenos sacerdotes? ¿Estamos llenos de la Palabra de Dios? ¿Se nota que somos creyentes al hablar?


Hermanos, procuremos ser reyes y sacerdotes conforme a lo que Dios nos demanda y no a lo que nosotros pensamos que debe hacerse, imitando, únicamente, a nuestro Señor Jesús en todo. 


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