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  • Foto del escritorAlexis Sazo

María de Betania



Estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él. (Mateo 26:6-7)

Cada vez que leemos el relato de la cena que el Salvador compartió en Betania, en casa de Simón el leproso, poco antes de Su muerte, nos parece muy interesante (Juan 12:1-8; Mateo 26:6-13; Marcos 14:3-9). Sucedió pocos días antes de la crucifixión. Varias personas estaban reunidas para compartir esa cena: Jesús con sus discípulos Simón, a quien seguramente Jesús había sanado de la lepra, Lázaro y sus dos hermanas, Marta y María. Para la mayoría de los presentes, Lázaro quizás era el centro de atención, pues había muerto, lo habían sepultado, y ahora estaba ahí vivo, frente a todos.

No obstante, María dirigió su mirada hacia otra persona. Tal vez solo ella discernió la grandeza de su Señor y percibió que aquel que había resucitado a su hermano pronto moriría. Se acercó a él con un vaso de alabastro lleno de un perfume de gran precio. Rompió el vaso y derramó el perfume sobre la cabeza y los pies de Jesús. Le dio lo más precioso que tenía: el perfume y el vaso, que no debía tener otro uso. «La casa se llenó del olor del perfume» (Juan 12:3), ¡y la misma María estaba impregnada de él!


Cuando nos reunimos alrededor del Señor Jesucristo el primer día de la semana, ¿es solo para asistir a un servicio religioso? Ese lugar, ¿está lleno del olor del perfume, es decir, de la adoración que sube de nuestros corazones cuando contemplamos las perfecciones de Jesús, el Hijo de Dios? ¿Arde en nuestro corazón el deseo de ver a Jesús, como ardía el de Simón, sanado de su lepra, o el de Lázaro, el resucitado, y el de María?


Fuente: La Buena Semilla


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