• Alexis Sazo

Jesús el Señor de todos



Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2:9–11)


En la antigüedad, el emperador romano (el césar) reivindicaba el título de señor. Se decía que encarnaba el espíritu de Roma, el cual era «divino». Una vez por año, cada ciudadano en el imperio debía pasar ante los magistrados, quemar un poco de incienso ante un busto del emperador y declarar: «César es señor».


Pero los primeros creyentes no podían hacer esto, porque para ellos el único Señor era Jesucristo; lo mismo que para nosotros hoy en día. Sin embargo, rechazar esta tradición oficial y decir en su lugar: «Jesús es Señor», significaba ser perseguido, incluso hasta la muerte. Esto sucedió, por ejemplo, con Policarpo (discípulo de Juan) quien murió martirizado en el segundo siglo; y del mismo modo pasó con otros miles de hermanos de los primeros siglos.


Aunque a diferencia de los césares, el Señor Jesús sí es Señor, bien dicen los versículos del encabezado: «y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre». El Señor se levantó de la tumba para sentarse a la diestra de Dios. Y ya no es un humilde carpintero de Nazaret. Dios lo exaltó de forma soberana y lo hizo «Señor de todos». Él es «Señor y Cristo», «Autor de la vida», «Príncipe y Salvador», «Juez de vivos y muertos» y «luz de los gentiles» (hechos 10:36; 2:36; 3:15; 5:31; 10:42; 13:47).


Estos títulos sacados del libro de los Hechos de los apóstoles subrayan la majestad de nuestro Salvador, quien un día tendrá que ser reconocido por todas sus criaturas (lo quieran o no) como «Señor de señores y Rey de reyes» (Apocalipsis 17:14). No obstante, no es suficiente proclamar que Jesús es Señor, también debemos someternos a su autoridad, sin reserva, como lo hacían los primeros cristianos, reconociendo en nuestras vidas el señorío de Cristo.


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