• Alexis Sazo

En el camino



Dios… me respondió en el día de mi angustia, y ha estado conmigo en el camino que he andado. (Génesis 35:3)


Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había hablado. (Hechos 9:27)


Los evangelios nos presentan varios caminos en los cuales el Señor Jesús anduvo. Estos pueden simbolizar situaciones particulares de nuestra vida, en las que el Señor quiere encontrarnos. Por ejemplo, en la parábola del buen samaritano, se nos dice que en el camino que va de Jerusalén a Jericó, un hombre cayó en manos de ladrones (Lucas 10:30), fue robado y dejado herido a tal punto que quedó «medio muerto». ¡Qué camino de amargura y decepción!


Quizás usted se encuentre en una situación similar: vacío afectivamente y degradado moralmente. Frente a tal camino, el Señor Jesús —simbolizado por el actuar del buen samaritano— no vacila en acercarse «movido a misericordia» (Lucas 10:33), para curar y vendar nuestras heridas. Pero es necesario dejarle obrar para poder experimentar su ayuda, ya que Él no obliga a nadie.


Otro ejemplo lo vemos en Felipe. Dicen las Escrituras en Hechos 8:26–40, que Dios envió a Felipe por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto (Hechos 8:26) al encuentro de un hombre, quien era un alto funcionario de la reina de Etiopía. Este relato nos enseña que, rico o pobre, uno puede estar muy solo, tal como este hombre, en un camino desierto. Dios oye las preguntas secretas y aun en el camino de la soledad hallará el medio de manifestarse: puede ser mediante una experiencia, un encuentro o una palabra. Como lo hace a través de toda la Escritura, Dios le anunciará «a Jesús» (v. 35), porque fue en Jesús que Él se reveló.


La Buena Semilla.


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