• Alexis Sazo

El poder de la lengua



La lengua apacible es árbol de vida; mas la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu. (Proverbios 15:4)


En el obituario de un periódico, hubo uno que llamó mi atención —escribió un pastor, por la siguiente afirmación: «Los servicios funerarios para un afable reparador tendrán lugar hoy». Lo que llamó mi atención fue que en vez de centrarse en una de las personas célebres de la sociedad, el artículo describía la historia de un hombre de 79 años que reparaba electrodomésticos. El mismo era conocido por su integridad carácter e inagotable felicidad.


El presidente de la compañía donde trabajaba el hombre dijo: «la mitad de su trabajo era ir a las casas de las personas y arreglar sus aparatos, y la otra mitad era arreglar a la gente. Muchas personas que tenían problemas pedían específicamente que lo enviáramos a él. Era muy jovial, amistoso y siempre tenía una palabra amable».


El libro de Proverbios nos habla acerca del poder de la lengua, tanto para herir como para sanar. Dice, por ejemplo: «La lengua apacible es árbol de vida; mas la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu» (Proverbios 15:4). Y también dice: «El hombre se alegra con la respuesta de su boca; y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!» (Proverbios 15:23).


Las palabras tienen un gran poder sobre nuestras mentes y corazones. Pero hay que tener cuidado con ella, porque ningún ser humano la puede controlar. Bien dicen las escrituras:


Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. (Santiago 3:8–10)


Pero ¿cómo hacemos para no pecar con nuestra boca? Orando de esta manera: «Pon guarda a mi boca, oh Jehová; guarda la puerta de mis labios» (Salmos 141:3). Entonces, ¿cómo vamos a representar a Cristo mediante todo lo que digamos? Pidámosle sabiduría a Dios para que nuestra «palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno» (Colosenses 4:6).


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