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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Debemos estar unidos en Cristo




Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo. (Filipenses 3:20)


Hoy en día, hay quienes, con un sentimiento de nacionalismo por su patria, tiñen sus mensajes desde el púlpito, buscando incluso apoyar a candidatos, utilizando la congregación como lugar de acción política, orientada a cambiar las cosas en el aquí y el ahora del país en el que residimos. ¿Y qué de nuestra primera patria, la patria celestial? La cual es, o debiera ser, una patria unida, como dicen las Escrituras:


Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. (Efesios 4:4–6)


En esta patria a la que pasamos a formar parte desde el día en que creímos en Cristo como nuestro Señor y Salvador, es una patria donde hay calvinistas, arminianos, metodistas, bautistas o pentecostales, etc. Así como el mundo es un lugar diverso, lleno de diferencias de todo tipo, sin embargo, eso no nos hace menos humanos, del mismo modo es esta nación santa. No obstante, buscamos arraigarnos en este mundo terrenal y no en nuestra patria celestial. Aquella patria no nos puede ser ajena, no podemos sentirnos como extranjeros en nuestra propia tierra celestial. Bien dicen las Escrituras:


Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios. (Efesios 2:19)


No olvidemos que en nuestra nación hay uno solo que manda, puesto que debemos obedecer al único rey, a nuestro rey ungido, el Cristo, que a diferencia de los reyes terrenales, ¡dio su vida en sacrificio por todos! Ni siquiera debemos obedecernos a nosotros mismos, debido a que tenemos quien nos gobierna con amor, misericordia, gracia, pero también justicia y santidad.


Sí, podemos orar y bendecir la tierra que nos vio nacer, pero en ella, no somos más que peregrinos, y no vale la pena separarnos por corrientes políticas que fueron creadas para clasificar, dividir y separar a las personas. En Cristo somos todos uno, sin importar si tenemos diferencias en cuanto a doctrinas secundarias, porque a fin de cuentas, es la cruz del Señor la que nos une a todos como hermanos. Y más allá de la contingencia política actual o de nuestras preferencias partidarias, nuestro llamado y misión son claros, somos llamados a mantenernos unidos en Cristo.

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