• Alexis Sazo

CUÁNTO AMAMOS AL SEÑOR



Y estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado a la mesa. Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio? Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres. Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra. Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis. Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura. De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella. (Mateo 26.6–13 RVR60)


Los héroes de la Biblia a veces nos toman por sorpresa. La mujer mencionada en los versículos de arriba es un ejemplo excelente de lo que acabo de decir. Por lo que hizo, el Señor Jesús hizo la promesa de que en cualquier lugar donde se predique, se hablará de ella.


Esta mujer «escandalizó» a algunos de los que estaban sentados a la mesa con el Señor debido a su asombrosa generosidad. Digo que es generosa, porque el valor del perfume era de más de un año de trabajo de un jornalero. Y digo que escandalizó porque ungió al Señor Jesús con aquel carísimo perfume; esto se hacía con los muertos, pues era la costumbre judía de aquellos días (ver Juan 19.38-40).


«¿Para qué este desperdicio?» —preguntaron los que estaban en la mesa, al tiempo que expresaban preocupación por los pobres; pero si estas mismas personas hubieran estado asistiendo al funeral del Señor creo que habrían reaccionado de manera diferente. Sin embargo, cuando esa mujer le demostró su tremendo amor al Señor Jesús, Él todavía vivía y por eso criticaron su gesto de amor llamándole «desperdicio». Ella no fue la única que hizo esto. En Lucas encontramos un relato similar de cuando el Señor fue invitado a comer a la casa de un fariseo llamado Simón:


Y he aquí, había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de Él a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume. (Lucas 7.37–38 LBLA)


De la dedicación de estas mujeres podemos aprender dos valiosísimas lecciones. La primera es que este gesto nos hace pensar en cuánto apreciamos al Señor; y nos lleva a preguntarnos si estamos dispuestos a sacrificar algo de un altísimo costo por Él, por ejemplo, ¿invertiríamos algo que nos ha costado años de trabajo en el Señor Jesús? ¿Tenemos algún «precioso perfume» que podamos derramar sobre Él? Otra buena lección es que debemos «derramar nuestros perfumes» más caros sobre los vivos, sobre aquellos que nos rodean y no esperar a que alguien muera para esperar a mostrarle nuestro amor y aprecio. Así hicieron estas mujeres, ambas mostraron su amor al Señor, sacrificando objetos de gran precio, con el fin de honrarle.


Meditemos en esto y sigamos el ejemplo de estas mujeres; y ofrezcamos lo más valioso que podamos tener a nuestro Señor Jesús, pues Él se lo merece.


Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama. (Lucas 7.47 LBLA)

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