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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Buscando a Dios



Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas. (Salmos 63:1)


Hace poco hablaba con una querida hermana, la cual nos relató a mí a otros hermanos de la iglesia de una mala experiencia que sufrió. Nos decía que unos días atrás estaba en una fila con un nietecito al cual cría como su hijo. De pronto, tras un breve momento de distracción, el niño desapareció de su lado. Ella comenzó a buscarlo con temor en su corazón y cierto desespero, llamándolo por su nombre a voz en cuello, mientras oraba a Dios para que el niño apareciera. Gracias a Dios, y tras una angustiosa búsqueda, logró dar con el pequeño. Esta abuela/madre, ciertamente, no iba a detenerse hasta dar con el pequeño niño. Esta experiencia me hizo pensar: ¿con qué avidez busco yo a Dios?


En las Escrituras tenemos el excelente ejemplo de las mujeres que seguían al Señor Jesús. Luego que el Señor entregó su espíritu, José de Arimatea le pidió el cuerpo a Pilato, y tras prepararlo lo puso en aquel sepulcro labrado en la roca. Pero se nos dice su Palabra que «estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro» (Mateo 27:61). Su Señor y maestro había muerto, sin embargo, ellas buscaban afanosamente estar cerca de Él. No les importaba que ya era de noche, que ya había comenzado el día de reposo (se celebraba entre las dos tardes) y que todos habían huido, no, ellas buscaban al que amaban con todo corazón.


Luego, en la mañana del domingo, allí estaban nuevamente buscando a su amado Señor, pues dice: «Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro» (Mateo 28:1). ¿Cuál fue la respuesta de Dios tras buscarle con aquella avidez? Su Señor les salió al encuentro: «Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán» (Mateo 28:8–10).


¿Quieres que Dios salga a tu encuentro? Búscale de corazón, a toda hora del día, con el mismo anhelo que estas mujeres. Pues esto es lo que nos enseña Dios en su Palabra: «Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón» (Jeremías 29:12–13). ¿Ya le buscaste hoy?


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