• Alexis Sazo

Amor arraigado



Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. (Juan 17.20–21 RVR60)


Es bueno que cada cierto tiempo los creyentes miremos la creación de Dios para maravillarnos de lo que ha hecho. Por ejemplo, ¿alguna vez ha oído hablar de los árboles secuoyas? Estos son árboles gigantes pueden crecer hasta 90 metros de altura y tener un diámetro de más de 6 metros. Además, llegan a vivir más de 3.000 años ¡y son resistentes al fuego! Es más, los incendios forestales abren las piñas haciendo que desparramen sus semillas en el suelo fertilizado por las cenizas. Quizá lo más asombroso es que pueden crecer con solo un metro de profundidad de tierra y soportar vientos muy fuertes. Su solidez yace en que sus raíces están entrelazadas, lo que las fortalece y alimenta entre sí. Esto me recuerda a lo que encontramos en Salmos 80.9–10, que dice: «Limpiaste el terreno para nosotros, y echamos raíces y llenamos la tierra. Nuestra sombra cubrió las montañas; nuestras ramas cubrieron los poderosos cedros» (versión NTV).


El plan de Dios para nosotros es similar. Nuestra capacidad para permanecer firmes a pesar de los vientos impetuosos de la vida es proporcional al amor y el respaldo que recibimos del Señor y de los demás. Entonces, como dice el escritor de Hebreos, no debemos olvidarnos «de hacer bien y de la ayuda mutua» (13.16), porque el amor se manifiesta con hechos, tal como dice su Palabra: «Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Juan 3.18 LBLA).


A lo que apunto, es que, al igual que los árboles secoya, nosotros los creyentes, debemos estar firmemente arraigados unos a otros en el Señor. Porque pensemos cuán difícil sería soportar la adversidad si nadie compartiera con nosotros la fortaleza de sus raíces. Por eso somos un cuerpo y los miembros de un cuerpo se ayudan entre sí, tal como leemos en su Palabra:


A fin de que en el cuerpo no haya división, sino que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros. Y si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él. (1 Corintios 12.25–26 LBLA)


Por lo tanto, mis hermanos, las palabras de aliento, las oraciones intercesoras (orar por otros), el llorar juntos, el sostenernos unos a otros y, a veces, el solo hecho de sentarnos con alguien para demostrarle que lo amamos, tienen gran influencia en la vida de nuestros hermanos. Así que, arraiguemos nuestro amor los unos por los otros, para así poder estar fuertes y bien cimentados en Cristo.


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