• Alexis Sazo

Alabar a Dios




Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás. (Salmos 50.14-15)

Como sabemos, los sacrificios de animales a Dios en la ley dada al pueblo de Israel (corderos, machos cabríos, becerros, etc.), eran figura del Señor Jesús. Si bien el sistema sacrificial quedó abolido, no obstante a nuestro Dios le agrada que ofrezcamos sacrificios de alabanza a su persona; pues recordemos que Dios busca adoradores de espíritu que le adoren (Juan 4.23-24).


Una pregunta, ¿pagamos a diario nuestros votos de alabanza a Dios? Por ejemplo, ¿cantamos alabanzas a su nombre cada día? Porque su Palabra nos dice:


Canten al Señor, porque ha hecho cosas maravillosas. Den a conocer su alabanza en el mundo entero. (Isaías 12.5 NTV)

¿Cómo debemos alabar? Veamos qué dice la Biblia:


Alabad a Dios en su santuario; alabadle en la magnificencia de su firmamento. Alabadle por sus proezas; alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza. Alabadle a son de bocina; alabadle con salterio y arpa. Alabadle con pandero y danza; alabadle con cuerdas y flautas. Alabadle con címbalos resonantes; alabadle con címbalos de júbilo. Todo lo que respira alabe a JAH. Aleluya. (Salmos 150.1-6)

¿Quiénes deben adorar?


Alabad al Señor, naciones todas; alabadle, pueblos todos. Porque grande es su misericordia para con nosotros, y la verdad del Señor es eterna. ¡Aleluya! (Salmos 117.1–2 LBLA)

Mis hermanos, la mayor de las razones para alabar a nuestro Dios es por el inconmensurable sacrificio de nuestro Señor Jesús. Y esa es razón suficiente para elevar nuestras voces en agradecimiento y adoración a Dios.


Así que, no nos callemos nuestras alabanzas a Dios, pues tenemos razones de sobra, porque grande es nuestro Salvador, Jehová de los ejércitos, el gran Yo Soy, el Altísimo Rey de reyes y Señor de señores.


Jamás será una pérdida rendirle adoración a Dios.


Te exaltaré mi Dios, oh Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre. Todos los días te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre. Grande es el Señor, y digno de ser alabado en gran manera; y su grandeza es inescrutable. (Salmos 145.1–3)

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