• Alexis Sazo

Volviendo atrás



Palabra de Jehová que vino a Jeremías, después que Sedequías hizo pacto con todo el pueblo en Jerusalén para promulgarles libertad; que cada uno dejase libre a su siervo y a su sierva, hebreo y hebrea; que ninguno usase a los judíos, sus hermanos, como siervos. Y cuando oyeron todos los príncipes, y todo el pueblo que había convenido en el pacto de dejar libre cada uno a su siervo y cada uno a su sierva, que ninguno los usase más como siervos, obedecieron, y los dejaron. Pero después se arrepintieron, e hicieron volver a los siervos y a las siervas que habían dejado libres, y los sujetaron como siervos y siervas. Vino, pues, palabra de Jehová a Jeremías, diciendo: Así dice Jehová Dios de Israel: Yo hice pacto con vuestros padres el día que los saqué de tierra de Egipto, de casa de servidumbre, diciendo: Al cabo de siete años dejará cada uno a su hermano hebreo que le fuere vendido; le servirá seis años, y lo enviará libre; pero vuestros padres no me oyeron, ni inclinaron su oído. Y vosotros os habíais hoy convertido, y hecho lo recto delante de mis ojos, anunciando cada uno libertad a su prójimo; y habíais hecho pacto en mi presencia, en la casa en la cual es invocado mi nombre. Pero os habéis vuelto y profanado mi nombre, y habéis vuelto a tomar cada uno a su siervo y cada uno a su sierva, que habíais dejado libres a su voluntad; y los habéis sujetado para que os sean siervos y siervas. (Jeremías 34.8–16 RVR60)


Cuando leía estos versículos esta mañana, no podía dejar de pensar que nosotros los creyentes somos iguales al pueblo de Israel antes de la destrucción de Jerusalén. Tantas veces le decimos a Dios que ya no haremos tal o cual cosa, que dejaremos de hacerlo para siempre, pero no pasa ni un día y nuevamente estamos haciendo lo mismo. Por así decirlo dejamos ir a nuestros esclavos, pero al poco tiempo los volvemos a esclavizar.


Sé que esto no es difícil de hacer, dejar pecados, abandonar los deseos pecaminosos y no seguir los designios de la carne nos es bastante difícil de hacer. Bien decía el apóstol Pablo: «Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Romanos 7.22–24 RVR60). Pero no podemos olvidar que la Palabra de Dios también nos dice: «El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos» (Santiago 1.8 RVR60). No debemos ser cambiantes, sino constantes en batallar contra nuestro pecado y nuestra carne.


No obstante, aquí es donde vemos la gracia, amor y paciencia de Dios, porque bien dice su Palabra: « Si fuéremos infieles, él permanece fiel» (2 Timoteo 2.13 RVR60). Aunque esta no es una excusa para que seamos inconstantes, sino una certeza de que a pesar de que fallemos, Él siempre permanecerá a nuestro lado, no nos abandonará porque tropezamos y caemos. ¿Acaso no es maravilloso nuestro Dios y digno de toda nuestra adoración?


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