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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Victoria sobre la muerte



El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. (Juan 5:24)


¿Qué pensaría de alguien que cerrara los ojos para evitar un accidente? A menudo esta es nuestra actitud frente a lo inevitable, especialmente con respecto a la muerte. Tantas veces vivimos como si jamás tuviésemos que experimentar la muerte. Tratar de ignorarla, es como tratar de tapar el sol con un dedo, es decir, es algo completamente inútil. No importa qué hagamos con tal de ignorarla: el trabajo, el ocio, dedicarnos a causas generosas o mil otras ocupaciones nos ayudan a no pensar en ella; de todas formas, un día ha de alcanzarnos. La Palabra de Dios dice:


Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría. (Eclesiastés 7:2, 4).


¿Por qué pensar en la muerte me hace sabio? Pues porque hace que consideremos nuestro destino eterno. Usted puede preguntar: ¿Pero qué provecho saco con pensar en mi muerte, si sé que es inevitable y no hay cura para ello? Se equivoca, sí, existe una cura para la muerte:


¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. (1 Corintios 15:55–57).


¡La muerte fue derrotada! ¿Por quién? Por Jesucristo, el Hijo de Dios. Él murió en nuestro lugar; Dios lo dice en los evangelios. Pero resucitó al tercer día, venciendo a la muerte, y hoy nos ofrece la vida eterna.


En resumen, la Biblia nos dice que nuestros pecados merecían la muerte eterna, pero el Señor Jesús sufrió el castigo en nuestro lugar. Ahora, Él nos ofrece una vida para siempre en su presencia. Si creemos esto, la muerte ya no es el fin de todo para nosotros. Es solo una puerta que nos abre el acceso para vivir, en el cielo, una vida sin fin, tranquila, sin dolor, pero sobre todo en la paz y el gozo de nuestro Salvador.


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