• Alexis Sazo

Vertiginosa velocidad en una espesa niebla



Los días de nuestra edad… pronto pasan, y volamos. (Salmos 90:10)


En 1996, con ese encabezado se publicaba en la portada de un períodico alemán acerca de una colisión vehicular múltiple debido a la niebla. La noticia decía lo siguiente: «Ayer, entre Salzburgo y Munich, 79 vehículos protagonizaron un choque en cadena. Dieciocho personas resultaron heridas; dos de ellas de gravedad. La espesa niebla no permitía ver más allá de cincuenta metros de distancia. El problema es que muchos conductores iban demasiado rápido, dijo un informante de la policía».


La expresión figurada del salmo del encabezado, habla de la celeridad en la que transcurre nuestra vida y habla que ella pasa como volando. Es como lo que decía Job: «Mis días fueron más veloces que la lanzadera del tejedor, y fenecieron sin esperanza. Acuérdate que mi vida es un soplo» (Job 7:6–7a). La verdad es que podemos confirmar esto por experiencia propia: la vida pasa a prisa y no nos damos cuenta cuán rápido pasan los años. Y con tristeza debemos comprobar, que para muchos de nosotros, se trata de una «velocidad vertiginosa en una espesa niebla».


¡Cuántas personas se niegan a permitir que sobre sus vidas resplandezca la luz de las Escrituras! Tal como decía el apóstol Pablo: «Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4:3–4). Las personas del mundo prefieren no conocer la claridad de los pensamientos divinos. Tampoco dejan que la Palabra de Dios alumbre las sendas de sus vidas (Salmos 119:105). En cambio, escogen permanecer presas en la niebla de su miope entendimiento. Y cuando se les quiere advertir, muchas veces huyen aún con más prisa, diciendo: «No tengo tiempo».


No tener tiempo para pensar en Dios y en la eternidad de sus almas, solo puede terminar en una verdadera «catástrofe en la niebla». De ahí que el Señor Jesús haya dicho:


Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. (Juan 8:12)


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