• Alexis Sazo

Una vida no tiene precio



Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación. (1 Pedro 1:18–19)


Esta verdad es la que lleva a hombres y mujeres valerosos a lanzarse a rescatar a una persona que se encuentra en peligro, ya sea un incendio, el mar embravecido o una montaña escarpada. Estas personas no dudan en poner en riesgo sus propias vidas con tal de salvar a otro ser humano. Asimismo, muchas personas del área de la salud trabajan incansablemente con el afán de salvar vidas.


A pesar de la tendencia actual de medir o determinar el valor de todo, la vida humana escapa de esta evaluación porque es incalculable. La vida no solo es vista de esta manera por los seres humanos, sino también por Dios , ya que para salvar a sus pecadoras criaturas, envió a su Hijo unigénito a poner su vida y así poder rescatarnos de un horrendo destino eterno: la muerte segunda.


Por lo tanto, podemos aseverar que debido a que Cristo murió por toda la humanidad, el valor de la vida se volvió aún más incalculable, puesto que ahora una vida humana tiene el valor de la vida del autor de la vida. Es decir, ya no solo es preciosa por ser un regalo de Dios, sino que además la vida de cada ser humano tiene el valor agregado de la vida de Dios mismo.


Por esta razón es que un creyente no puede estar a favor del aborto, ya que es el asesinato de un ser que está por nacer. Y no por el hecho de que se esté desarrollando es que tiene menos valía que un bebé ya nacido. Es más, Dios tiene una preocupación especial por los bebés en desarrollo en el vientre de sus madres, pues dice: «No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas» (Salmos 139:15–16).


Por esta razón es que Dios nos manda a predicar su Palabra «a tiempo y fuera de tiempo» (2 Timoteo 4:2), por lo valiosa que es la vida de cada ser humano.


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