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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Una razón para ser optimistas




El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos. (Apocalipsis 11:15)


Sir Fred Catherwood, uno de los estadistas distinguidos de Inglaterra, ofrece un análisis perspicaz del mundo. Escribe lo siguiente: «Miramos atrás hoy porque no nos atrevemos a mirar hacia el futuro. Vivimos en una sociedad violenta, avara, desarraigada, cínica y sin esperanza, y no sabemos qué será de ella. Al dejar de creer en la dignidad del hombre y la mujer, hechos a imagen de Dios, la violencia aumentó drásticamente. Los pilares sociales se han debilitado. Por siglos los gobiernos han tenido directrices morales que les indican cómo moldear las estructuras sociales. Ahora, no saben qué hacer».


Estas palabras son completamente ciertas, y con cada día que pasa vemos cómo cobra mayor fuerza lo que Dios dice en su Palabra con respecto a la gente al final de los días:


Timoteo, es bueno que sepas que, en los últimos días, habrá tiempos muy difíciles. Pues la gente solo tendrá amor por sí misma y por su dinero. Serán fanfarrones y orgullosos, se burlarán de Dios, serán desobedientes a sus padres y malagradecidos. No considerarán nada sagrado. No amarán ni perdonarán; calumniarán a otros y no tendrán control propio. Serán crueles y odiarán lo que es bueno. Traicionarán a sus amigos, serán imprudentes, se llenarán de soberbia y amarán el placer en lugar de amar a Dios. (2 Timoteo 3:1–4 NTV)


Sin embargo, podemos animarnos porque la Biblia, a medida que revela el plan divino para el final de la historia, no nos abandona al pesimismo. Ofrece la posibilidad de un reavivamiento enviado desde el cielo, y una renovación social a corto plazo. Y por supuesto, nos asegura que, a la larga, cuando Cristo regrese, los reinos de este mundo se convertirán en su reino y el reino del Padre.


Nuestra responsabilidad no es velar por lo futuro, sino que es ser luz y sal del mundo (Mateo 5:13–16). Hemos de vivir, trabajar, adorar, orar y testificar de manera que hoy y mañana nuestro mundo vela la gracia salvadora de Dios en acción en nosotros y a través de nosotros.


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