• Alexis Sazo

Un tesoro no valorado



Me regocijo en tu palabra como el que halla muchos despojos. (Salmos 119:162)


Una persona estaba visitando a uno de sus amigos en casa de su familia, la cual era modesta. De pronto le llamó la atención un cuadro insólito colgado en una de las paredes de la sala de estar. El joven se acercó para ver más de cerca y entonces constató que se trataba de un billete de un país extranjero enmarcado bajo un vidrio. El dueño de casa le contó que en 1944 sus padres habían ocultado y cuidado de un oficial paracaidista del bando enemigo, quien al irse les había dado aquel billete en agradecimiento. Ellos lo habían guardado cuidadosamente como un recuerdo.


La sorpresa de la familia fue grande cuando el joven les dio el valor que tenía aquel billete. Era tan valioso que al momento de cambiarlo en el banco pudieron pagar varios meses de alquiler. Sin saberlo allí tenían un pequeño tesoro bien conservado, disponible, pero que no era utilizado.


¿Y si en su casa —usted que lee esta historia— se hallara también un tesoro no valorado? Quizás sea una Biblia que alguien le heredó o quizás se la regalaron, o también un Nuevo Testamento que recibió en algún lugar… ¿No los ha leído? ¡Qué pérdida! El Señor Jesús dijo:


Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida. (Juan 5:39–41)


¡Lo que usted tiene es un tesoro no valorado! De hecho, es lo que pasa cuando la Palabra de Dios cuando no es aprovechada. En ella se encuentra un tesoro tan abundante, que incluso, por ejemplo, responde a nuestras necesidades más profundas. Solo ella puede darnos el secreto de la vida y de la felicidad; ella nos da a conocer a aquel (Dios) que quiere y puede cambiar eternamente nuestra vida.


Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos. (Jeremías 15:16)


Así que, no demore más, eche mano de aquel incomparable tesoro, ¡no se arrepentirá!


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