• Alexis Sazo

Tengamos cuidado




¿Y cómo se justificará el hombre con Dios? (Job 9.2 LBLA)


Por lo general, cuando pensamos en nosotros mismos tendemos a compararnos con otros, y por supuesto, siempre nos considerarnos mejores que tal o cual; es normal que como seres humanos, digamos que no somos tan malos como tal o cual, porque siempre hay alguien que es peor que uno. Pero ¿y qué pasa con nosotros como creyentes? ¿También pensamos igual? A veces olvidamos una verdad muy cierta, que Bildad, amigo de Job, declara en el capítulo 25 del libro de Job:


¿Cómo puede un hombre, pues, ser justo con Dios? ¿O cómo puede ser limpio el que nace de mujer? (Job 25.4 LBLA)


Como creyentes, lo normal, lo esperado es que a medida que vamos avanzando en nuestra carrera espiritual, debemos ir siendo cada vez más conscientes de nuestra perversa carne. Y como menciona Watchman Nee en su libro El hombre espiritual, nuestra carne no difiere en nada a la del inconverso.


Lamentablemente, existen muchos creyentes que en vez de decir como Pablo: Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo (Romanos 7.18); dicen como el fariseo: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano (Lucas 18.11–12). Es fácil caer en esto, en pensar que porque hemos sido lavados en la sangre del Cordero de Dios, ahora somos mejores que aquellos que no.


Satanás siempre trabaja sobre nuestro orgullo, porque es con lo que nos infectó, con el deseo de querer ser y tener más de lo que se nos ha dado; además de ponernos por sobre otros. Tengamos cuidado de pensar así mis hermanos. Por eso el llamamiento del Señor cuando dijo: y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma (Mateo 11.29 RVC).


La verdad es que debemos decir como David:


Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio. He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre. (Salmos 51.2–5 RVR60)


Nunca debemos olvidar de dónde nos sacó el Señor; y aunque, si bien nos dio un nuevo corazón y puso su Espíritu en nosotros, de todas formas seguimos siendo carne.


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