• Alexis Sazo

Temas de reflexión



Él (Jesús) respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. (Mateo 4:4)


Lo que me hace sentir la enormidad del pecado es el hecho de que, para expiarlo, fue necesario que Dios se humanara y se humillara hasta la muerte de cruz (Filipenses 2:8), y que Dios descargara su ira sobre su Hijo Jesucristo, quien es el Hijo de su amor.


La vida terrenal no es más que una muerte en suspenso; no es más que un paréntesis entre el nacimiento y la muerte. El pecado produjo la pérdida de la vida; en consecuencia, para poder regresar a la vida, solo puede ser de Dios; porque encontrar la verdadera vida es volverse a Dios, pues Dios no es Dios de muertos sino de vivos (Mateo 22:32) y solo en Él se halla la vida eterna.


Como creyentes no debemos ser indiferentes en cuanto al pecado, porque «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8). Por el contrario, cuando cometamos algún pecado, aun «el menor» de ellos, deberíamos reaccionar de inmediato; por eso es tan necesario que siempre tengamos un corazón contrito y humillado, para que así podamos correr a los brazos de nuestro abogado, quien intercede por nosotros (1 Juan 2:1). Recordemos que Jesús vino al mundo para hablar a los hombres de parte de Dios; mientras que ahora está en el cielo para hablar a Dios a favor de los suyos.


La salvación es gratuita para todo ser humano que va a Jesús con arrepentimiento y fe, sin embargo, costó un altísimo precio: La vida del autor de la vida. Por eso todo aquel que rechaza el regalo de salvación acarrea una mayor condenación (Mateo 11:10–24).


Generalmente no es la carga de nuestras preocupaciones la que nos aplasta. Es el hecho de obstinarnos en llevarla solos. A pesar de que Dios nos dice: «Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará» (Salmos 55:22).


Un creyente que permanece en conflicto con sus hermanos, no pueden estar en paz con su Padre, porque recordemos lo que dice su Palabra: «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Hebreos 12:14). Y esto sin olvidar que lo que le hacemos a cualquier hermano, se lo hacemos al Señor mismo:


Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis [énfasis agregado]. (Mateo 25:37–40)


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