• Alexis Sazo

¿Somos como los bonsáis o como los árboles del bosque?



Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto. (Jeremías 17:7–8)


Un visitante de un parque municipal y jardín botánico en París, Francia, escribió: «Visitamos una exposición de bonsáis. Allí vimos un haya en miniatura que tiene 60 años, pero su tamaño es como el de una gran coliflor. Sus hojas no son más anchas que una uña. También vimos un arce de 80 años cuyas raíces caben en una simple maceta. Se puede obtener este resultado, contrario a la naturaleza, tallando las raíces y manteniendo el vegetal al límite de la supervivencia».


¿Será posible que nuestra vida cristiana se parezca a la de esos árboles en miniatura? ¿Que en vez de crecer y elevarnos a lo alto, nos hemos quedado pegados al suelo? Puede que nuestra vida espiritual tenga cierta vida, pero a veces parece tan débil y triste que es casi imperceptible, tanto así que quien no nos conozca no pueda asegurar con plena certeza que somos creyentes. Mis hermanos, Dios creó a los árboles para que crezcan en el bosque y no para que vegeten en una estantería. Del mismo modo, Dios nos salvó y desea que la vida nueva que nos transmitió se exprese y crezca con completa libertad, no que sea una mera decoración. Bien nos dijo:


Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. (Mateo 5:14–16)


Vivimos en un mundo donde la violencia y la maldad son más visibles cada día, tal como le dijo Pablo a Timoteo en 2 Timoteo 3:1–5. Y Dios quiere que seamos testigos fieles, que reflejemos su paz, su amor, el gozo de una vida nueva, la cual nos comunica si vivimos cerca de Él, quien es la fuente de la vida. Porque Él dijo: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí… de su interior correrán ríos de agua viva» (Juan 7:37–38).


Si queremos crecer, si queremos tener una vida que brote y dé frutos, necesitamos estar cerca de nuestro Salvador, pues bien dice su Palabra: «Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:4–5).


Entonces, ¿seguiremos siendo bonsáis espirituales o creceremos y daremos frutos pegados a Cristo?


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