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  • Foto del escritorIris P.

Ser apto para el reino de los cielos



Jesús dijo: «Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios» (Lucas 9:62)


Y dijo a otro: Sígueme. Él le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios. (Lucas 9:59-60)


Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. (Mateo 10:38)


Estos tres versículos diferentes nos hablan de lo mismo: La obediencia demandada por Dios, para poder seguirlo. Si bien tenemos el libre albedrío de, con respecto a nuestro amor hacia Él, ser tibios, fríos o calientes. No obstante, su Palabra nos advierte claramente en Apocalipsis 3:16 con respecto a la tibieza espiritual: «Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca».


Y en los versículos citados al principio, se nos anuncia que seguir al Señor Jesús demanda constancia, pero sobre todo, una entrega total, pues somos suyos o no lo somos. Por lo tanto, y a la luz de estas palabras del Señor, cada uno de nosotros, como creyentes, debemos vivir renunciando a todo lo que quiera ocupar el primer lugar en vez de Él. En otras palabras, significa que ni nuestros esposos, esposas, hijos, padres, familiares, etc. pueden estar en primer lugar en nuestras vidas. Es más, el Señor claramente dijo:


El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. (Mateo 10:37–38)


Y recordemos que el Señor también dijo: «El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama» (Lucas 11:23). En otras palabras, si no estamos cumpliendo con lo que Dios nos manda, sencillamente, no somos aptos para el reino de los cielos.

Consideremos que el Señor al venir al mundo «no vino a hacer su voluntad, sino la voluntad del que lo envió» (Juan 6:38), del mismo modo debemos vivir nosotros. Tengamos esto en cuenta, que si no vivimos para obedecer los mandamientos de Dios, entonces estamos en abierta rebeldía contra Él, haciéndonos mentirosos:


Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo. (1 Juan 2:3–6)

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