• Alexis Sazo

Rodeados por Dios



Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender. (Salmos 139:5–6)


En un concurrido aeropuerto, una joven madre luchaba sola. Su pequeño hijo estaba con un berrinche terrible: gritaba, pataleaba y se negaba a abordar el avión. Abrumada y con un embarazo avanzado, la agobiada madre finalmente se rindió, se dejó caer frustrada al piso, se tapó la cara y empezó a llorar. De inmediato, seis o siete mujeres que viajaban, todas desconocidas, rodearon a la joven madre y a su niño, y empezaron a darles galletas, agua, abrazos cariñosos e incluso una canción para niños. Ese círculo de amor calmó tanto a la madre como al niño, quienes luego subieron al avión. Las otras mujeres regresaron a sus asientos, sin necesidad de comentar nada sobre lo que habían hecho, pero sabiendo que su apoyo había fortalecido a aquella madre justo cuando lo necesitaba.


Esto ilustra la maravillosa verdad acerca de nosotros sus hijos. Dijo el Señor Jesús:


Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. (Juan 10:27–29)


Los creyentes en Cristo gozamos de una protección inigualable, Dios mismo nos guarda, nos rodea, tanto para protección como para proveernos de ayuda y aliento cuando los necesitamos. Es como en antaño con su pueblo Israel. Por ejemplo, en el Salmo 125:2, dice: «Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así el Señor está alrededor de su pueblo». Del mismo modo como Jerusalén está rodeada de colinas (entre ellas, el monte de los Olivos, el monte Sión y el monte Moriah) Dios nos rodea, sosteniéndonos y protegiéndonos «desde ahora y para siempre» (Salmos 121:8b). Por eso, en los días difíciles, debemos alzar los «ojos a los montes» (Salmos 121:1a), donde el Señor nos espera con su ayuda, esperanza y amor.


Debemos decir como David decía en el salmo 23: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento» (Salmos 23:4). Así que, hermanos, echemos mano, en todo momento, de este recurso maravilloso –y poderoso– que tenemos los creyentes, descansando en Él todos aquellos que estamos rodeados por Dios.




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