• Alexis Sazo

¿Quién arrojará la primera piedra?



Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro? (Santiago 4.12 RVR60)


En el evangelio de Juan, en el capítulo ocho, encontramos el relato de como unos religiosos de la época llevaron ante el Señor Jesús una mujer sorprendida en adulterio. En realidad no les importaba mucho la culpabilidad de aquella mujer; su objetivo era tenderle una trampa a Jesús.


La mujer era culpable, sí, y la ley dada por Dios en el Antiguo Testamento era categórica: esa mujer debía ser lapidada. Pero ¿por quién? Jesús leyó en los corazones de los que la acusaban. Se agachó, dejándoles un tiempo de reflexión, luego se levantó y dio su veredicto: «El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella» (Juan 8.7).


Las palabras del Señor atravesaron cual flechas a aquellos hombres, alcanzándoles de forma más directa que las piedras que pretendían arrojar a la mujer a quien querían ajusticiar. Leemos en el versículo 9: «Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros». Finalmente, la mujer quedó sola con el Señor. Él era el único con el derecho a arrojar la piedra contra ella; podía condenarla por lo que hizo, porque Él no tenía pecado; sin embargo, no lo hizo. ¿Por qué no la condenó? Por lo que Él dijo:


Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. (Juan 3.17 RVR60)


El Señor no la condenó porque Él mismo sería juzgado y condenado por hombres inicuos; y llevaría en la cruz del Calvario los pecados de todos los seres humanos, para así conseguir el perdón de pecados para todo aquel que cree en Él. ¡Por eso es que pudo anunciar el perdón por adelantado!


Jesús no trató a la ligera el mal cometido, sino que lo llevó sobre sí mismo y sufrió el castigo por parte de Dios durante las tres horas de tinieblas impenetrables de la crucifixión.


Esa es la maravilla de su amor, que debiendo habernos condenado, no salva a través de su muerte; y lo único que nos pide a cambio es que creamos en Él como aquel que nos puede librar de la condenación del pecado.


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