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  • Alexis Sazo

¿Qué tan saludable es nuestro corazón?




Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. (Hebreos 10:22)


Cuando pensamos en un corazón saludable, por lo general, viene a nuestras mentes cosas como la alimentación saludable, una dieta baja en grasas saturadas y colesterol, ejercicio físico varias veces a la semana, un peso adecuado a nuestra talla, etc. No, el trasfondo de la pregunta planteada es espiritual. ¿Cómo está nuestro corazón desde un punto de vista espiritual? ¿Le estamos dando una alimentación saludablemente bíblica? ¿Estamos ejercitándonos en la fe y en la piedad? ¿Nuestros corazones son sensibles a lo que Dios nos dice en su Palabra? ¿Late siquiera nuestro corazón por Dios?


Cuando una enfermera del área pediátrica de un hospital, a menudo dejaba que sus jóvenes pacientes escuchasen sus propios corazones. Un día, mientras colocaba cuidadosamente el estetoscopio a un niño de cuatro años llamado David, le dijo: «Oye, ¿qué crees que es eso?» El niño frunció el ceño en profunda reflexión y con una amplia sonrisa preguntó: «¿Es Jesús llamando a la puerta?» El niño estaba equivocado, pero hasta cierto punto estaba en lo correcto. Porque dice en Apocalipsis:


He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. (Apocalipsis 3:20)


A veces, nuestros corazones están enfermos, porque hemos dejado al Señor fuera, tal como los hermanos de la iglesia de Laodicea, a quienes se les dijo el versículo de Apocalipsis. Si Cristo no está reinando en nuestros corazones, estos estarán enfermos. Si la Palabra de Dios no es de lo que están llenos nuestros corazones, entonces estarán llenos de todo el mal que puede brotar de ellos, tal como dijo el Señor en Marcos 7:21–23, y que finalmente nos contaminan.


¿Cuál es el deseo de Dios? Dice en Proverbios 23:26 «Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos». Entonces, hermanos, ¿hemos invitado a Cristo para que gobierne nuestras vidas como el Señor de ellas y guíe nuestras decisiones y acciones? De no ser así, tendremos un corazón enfermo, que amará al mundo y gustará de hacer la voluntad de la carne.


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