• Alexis Sazo

Promesas cumplidas



Y sucedió que puesto el sol, y ya oscurecido, se veía un horno humeando, y una antorcha de fuego que pasaba por entre los animales divididos. (Génesis 15.17 RVR60)


En el antiguo Cercano Oriente, un tratado entre un superior (señor o rey) y un subordinado (súbdito) se llamaba tratado de soberanía. Para la ceremonia de ratificación, había que sacrificar animales y cortarlos a la mitad. Las partes se acomodaban en dos filas sobre el suelo, formando un pasillo entre las dos personas. Cuando el soberano caminaba entre las mitades, declaraba públicamente que cumpliría el pacto y que, en caso de no hacerlo, le sucedería lo mismo que a los animales muertos.


Cuando Abram le preguntó a Dios cómo podía estar seguro de que se cumplirían sus promesas, el Señor utilizó el simbolismo del tratado de soberanía, significativo para aquella cultura, a fin de afirmar sus promesas (Génesis 15). Cuando la antorcha ardiente pasó entre las partes del sacrificio, Abram comprendió que Dios declaraba que era responsabilidad de Él cumplir el pacto.


El pacto de Dios con Abram y su garantía de cumplirlo se extienden a los seguidores de Cristo. Por eso, en sus escritos en el Nuevo Testamento, Pablo se refiere constantemente a los creyentes como hijos de Abraham (Romanos 4:11-18; Gálatas 3:29). Cuando aceptamos a Jesucristo como Salvador, Dios se transforma en el guardián de nuestro pacto de fe (ver Juan 10:28-29).


Como Dios es el que protege nuestra salvación, podemos confiarle plenamente nuestra vida.


— RKK

Nuestro Pan Diario


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