• Alexis Sazo

«Padre nuestro…» (1)



Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. (Lucas 11:2 RVR60)


(Mateo 6:9–13; Lucas 11:2–4)


Los discípulos pidieron al Señor Jesús que les enseñase a orar. Entonces Él les dio un modelo de oración llamada «el Padre nuestro». Pero no fue para repetirla mecánicamente, sin fe y sin ni fervor, sino para que su contenido les sirviese de orientación, de ejemplo para formular su propia oración.


El «Padre nuestro» se divide en dos partes: La primera está relacionada con Dios, es decir, con su nombre, su reino y su voluntad. La segunda es concerniente a nuestras necesidades: El alimento, el perdón y la protección. Ese orden es importante, porque Dios debe ocupar el primer lugar tanto en nuestros pensamientos como en nuestros deseos.


Lo hermoso de este modelo de oración es que el Señor Jesús invita a los suyos a llamar a Dios «Padre nuestro». Desde este punto, para los discípulos del Señor, Dios ya no es conocido únicamente como el Dios del pueblo de Israel, sino ahora es más cercano, el Señor lo presenta como el protector celestial de aquellos que le siguen, como un padre amoroso que tiene cuidado de sus pequeños. Y aun más, Él es aquel que nos llama sus hijos cuando hemos confiado en el Señor Jesús como el Salvador de nuestras vidas.


La verdad es que cada uno de nosotros puede gozar del privilegio de acercarse a Dios con toda libertad y confianza, porque el Señor Jesús dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28 RVR60); «y al que a mí viene, no le echo fuera» (Juan 6:37 RVR60). Además, podemos gozar de la misericordia del Padre (Lucas 6:36), de su perdón (Marcos 11:25), de sus cuidados (Mateo 6:32) y de su disciplina bienhechora (Hebreos 12:5–6).


Para aquellos que creímos en Cristo como nuestro Salvador, podemos decir que nuestro Padre está en los cielos. El Dios que vino hasta nosotros por medio de Jesús permanece infinitamente por encima de nosotros; todo lo que sucede finalmente está en su mano, y ese Dios tan grande es nuestro Padre a quien podemos hablarle como sus hijos ¡qué inmenso privilegio!


Si Él no es su Padre, ¿qué espera para venir a Él? Pues si usted se arrepiente de sus pecados y le pide perdón a Dios a través del Señor Jesús Él también podrá ser su Padre. Y en esta tierra no hay un mejor Padre que Dios, pues somos miles de millones que podemos decirle con toda certeza que jamás se arrepentirá de ser adoptado como su hijo.


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