• Alexis Sazo

Obediencia y no servidumbre




 

Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer. (Juan 15:14–15)

 

La obediencia de Adán y Eva al único mandamiento que Dios les había dado fue el origen del pecado en el mundo. Lo que hoy caracteriza a un verdadero creyente es que posee la vida de Cristo y, por consiguiente, normalmente, es obediente a Dios. El término obediencia no es muy popular en nuestros días; pues, porque en nuestros pensamientos se opone a la palabra «libertad», la que siempre está adornada con todas esas «ventajas» de hacer lo que se nos dé la gana.


Se nos olvida que existen varias posibles motivaciones para la obediencia:


La obligación: no se le preguntaba a un esclavo si quería obedecer, sencillamente se le obligaba a hacerlo, por la fuerza si era necesario. Un niño criado con normas aprende acerca de la obediencia de la misma manera: «Si no obedeces, ¡serás castigado!».


La necesidad: muchas personas en el mundo trabajan asalariados, pues deben sujetarse a un patrón si es que quieren conservar su empleo que tanto necesitan para poder mantener a su familia y seres queridos.


El amor: a diferencia de los dos puntos anteriores, el cristiano tiene otros motivos diferentes para obedecer: el amor. Bien dice su Palabra: «Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos» (1 Juan 5:3). Un verdadero creyente no obedece a Dios por obligación o necesidad, sino que lo hace por amor; por amor a su salvador quien dio su vida para arrancarlo de la perdición eterna, el cual dijo: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14:15). Por lo tanto, asociemos la obediencia a Dios no a la servidumbre, sino a la libertad del amor a Él.


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