• Alexis Sazo

Nuestro sustituto



Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (Romanos 5:8 RVR60)


Ed Leonard, empleado de una compañía minera canadiense, se encontraba trabajando en Colombia cuando fue capturado por unos soldados rebeldes en 1998. En una acción sin precedentes, Norbert Reinhart, dueño de la compañía, logró que Leonard fuera liberado al tomar su lugar como rehén. Reinhart estuvo capturado por la guerrilla colombiana durante 94 días antes de ser liberado.


Siglos atrás, Jesús ocupó nuestro lugar convirtiéndose en nuestro sustituto, tal como podemos leer en el versículo del encabezado. Tan profundo es el significado de ese acto que los eruditos han luchado mucho para explicar su misterio.


Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. (Juan 3:16–18 RVR60)


La Biblia enseña que Dios nos ama, pero al ser Él justo debe mantener su justicia perfecta castigándonos por nuestros pecados; porque bien dice su Palabra: «Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6:23 RVR60). Pero como parte de su plan para redimirnos, envió a su Hijo Jesús para que se hiciera miembro de la raza humana (Juan 1:18). Y aunque jamás pecó, recibió en la cruz el castigo por nuestros pecados, debiendo morir en aquel lugar. Una vez que pagó por lo que nosotros debíamos, es decir, nuestros pecados, resucitó de entre los muertos y ofrece perdón de pecados y vida eterna a todos.

Sin embargo, esto no significa que seamos perdonados por el solo hecho de conocer estas verdades. Debemos admitir que somos pecadores perdidos e inútiles para auto salvarnos (Romanos 3:23), arrepentirnos de nuestros pecados, y acudir a los pies de Jesús buscando perdón y salvación que Él nos da gratuitamente. Si hacemos aquello, entonces Él se convierte verdaderamente en nuestro Salvador y sustituto eterno.


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