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  • Foto del escritorAlexis Sazo

Nuestra vida evangelística



Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. (Marcos 16:15–16)


El gobierno comunista de Mao estaba en contra de la propagación del evangelio en China. Y con el fin de detener la propagación de este «culto extranjero», había forzado —e incluso matado— a todos los misioneros extranjeros y, asimismo, había enviado a miles de líderes cristianos a la cárcel o a campos de «reeducación a través del trabajo», entre los cuales se encontraba Watchman Nee, conocido líder de la iglesia en China. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos del presidente Mao, la iglesia seguía creciendo.


A pesar de que Nee fue enviado a la cárcel, aun así, se comunicaba con los hermanos que permanecían en libertad. No obstante, cuando la policía descubrió que las hermosas y poderosas cartas de aliento de Nee estaban saliendo de la prisión para llegar a manos de los creyentes, reforzaron el número de guardias, asegurándose que nunca quedara sin vigilancia permanente fuera de su celda. Tanto así, que acortaron los turnos a seis horas, esperando que Nee no tuviera tiempo para convertir a la guardia, ya que siempre les predicaba.


Nuestro hermano sabía que contaba solo con cinco horas para presentarle el evangelio a cada guardia que llegaba a custodiarlo. Él le hablaba a la guardia sobre el amor del Padre y cómo había enviado a su propio Hijo a morir en la cruz, para que la guardia pudiera vivir para siempre en el cielo. Les decía: «El comunismo no puede llevarte al cielo, sino solo la sangre de Jesucristo puede hacer eso».


Luego de cinco horas, uno de los guardias, con lágrimas en sus ojos, puso su confianza en Cristo. Había gozo en el corazón de nuestro hermano (así como en el cielo), porque otra alma más fue ganada para el reino de Dios, y eso significaba que otra de las cartas de Watchman Nee había escrito a la iglesia perseguida, sería entregada con toda certeza.


Si los mártires cristianos nos enseñan algo, es que debemos usar la energía creativa para promover el evangelio. Su ingenio, coraje e incluso astucia deben despertar nuestro propio espíritu para difundir la Buena Nueva. Aunque no todo el mundo tiene la oportunidad de contrabandear Escrituras a áreas restringidas, todavía podemos ser siervos dispuestos para el reino. Siempre debemos estar dispuestos a asumir el riesgo en lugar de conformarnos con la mediocridad. Mis hermanos, ¿cómo describiríamos nuestra vida evangelística hoy? ¿Mundana y mediocre? ¿O creativamente enérgica para Cristo?

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