• Alexis Sazo

Nuestra esperanza



Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti. (Salmos 39.7 RVR60)


En la década de los 40, Samuel Beckett escribió una obra de teatro titulada Esperando a Godot, la cual se considera un clásico. La trama trata de dos hombres que aparecen en un escenario vacío con las manos en los bolsillos, mirándose el uno al otro. Todo lo que hacen es pararse allí y mirarse. No hay acción ni argumento alguno, sencillamente se está mirando allí de pie esperando a que llegue Godot. La obra termina y los hombres siguen de pie en el escenario sin hacer nada, solo esperando.


La pregunta es, ¿quién es el tal Godot? ¿Es una persona? ¿Acaso representa a Dios? Lo cierto es que nadie lo sabe, porque cuando se celebró el 50 aniversario alguien le preguntó a Beckett: «¿Nos va a decir ahora quién es Godot?», —Y cómo habría de saberlo—, contestó él.


Lewis Smedes, un ético cristiano, sugiere que Godot «representa aquellos castillos en el aire a los que mucha gente se aferra como escape sin acudir a Dios». Si tomamos que aquello es Godot, podríamos decir entonces que aquella obra es básicamente una parábola de la vida de muchas personas, es decir, vacías, sin un significado y carentes de esperanza, pues están sin Dios. Es como nos describe Pablo cuando estábamos sin Cristo:


En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. (Efesios 2.12 RVR60)


Porque si no hay un Dios de amor, gracia y sabiduría en nuestras vidas, entonces estas son una espera sin sentido, vacías, tal como la obra de Becket. Pero ¡qué diferente es la esperanza de los cristianos! Nosotros confiamos «aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tito 2.13 RVR60).


Esta maravillosa esperanza nos sostiene en la adversidad, nos da ánimos cuando miramos la maldad del mundo que nos envuelve y tanto nos duele. Cuando estamos en angustia que parece no tener fin. Tenemos la certeza de que un día, aquel que esperamos, ciertamente descenderá de los cielos para llevarnos con Él a morar al lugar que se fue a preparar en casa de su Padre (Juan 14.1–3).


Nuestra esperanza no es vacía, no es sin sentido, sino que es cierta, ya que aquel que prometió venir a buscarnos es la verdad (Juan 14.6) y no miente, porque no es hombre (Números 23.19), por lo tanto, podemos confiar en nuestro Dios sin temor a ser defraudados, porque ciertamente vendrá; pues bien nos dice su Palabra:


¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. (Salmos 73.25–26 RVR60)


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