• Alexis Sazo

No hay peor ciego que el que no quiere ver




En los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. (2 Corintios 4:4)


Además del dicho del título del devocional de hoy, existe otro dicho que dice: «Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos». La experiencia humana comprueba esta muy conocida sentencia.


La curación de un ciego de nacimiento fue una prueba indiscutible de que Jesús era «de Dios» (Juan 9:33), que era el Mesías prometido, según las palabras del profeta Isaías: «Te pondré… por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos» (Isaías 42:6–7). Los rabinos, escribas y fariseos lo sabían bien. Sin embargo, cuando el mendigo ciego volvió sano del estanque de Siloé, rehusaron creer en el milagro patente que el Señor había obrado en ese hombre. Le interrogaron largamente a él y a sus padres, buscando poner en tela de juicio su buena fe. Finalmente lo injuriaron y lo echaron de la sinagoga por declarar que Jesús le sanó. El relato bíblico nos cuenta que el Señor Jesús lo encontró fuera y se reveló a Él como el Hijo de Dios. El hombre pudo ver con sus ojos, pero también con el corazón, a aquel que lo sanó; entonces lo adoró.


Conforme a la Palabra de Dios, los verdaderos ciegos son los que están en las tinieblas morales. Ejemplo de esto son los religiosos de la época del Señor, ellos se ufanaban de tener vista, ya que ellos eran una especie de «iluminados» espirituales. Y debido a esto es que el Señor les dice: «Porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece» (Juan: 41). Y también les dijo: «¡Fariseo ciego!» (Mateo 23:26).


En estos religiosos, y al igual que muchas personas hoy en día, ningún milagro convence porque han decidido rechazar a Jesús. El incrédulo niega lo evidente y no lo puede creer, porque como dice el versículo del encabezamiento, sus ojos son cegados y su corazón endurecido a consecuencia de su incredulidad. Pero el que abre su corazón al amor del Señor Jesús será definitivamente transformado.


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