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  • Foto del escritorAlexis Sazo

No desesperemos



Respondió Job a Jehová, y dijo: Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto, me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza. (Job 42:1–6)


Si nosotros hubiésemos vivido en el tiempo de Job, quizás podríamos haberle dicho algo como: «A usted todo parecía sonreírle. Tenía salud, una familia, animales, riquezas… no le faltaba nada. ¿Qué pasó? Parece que un duro golpe lo ha dejado vacío, sin recursos y abatido. Si estuviésemos en aquella misma posición, lo más probable es que cada uno de nosotros habría pensado: ¿Por qué a mí, Señor? ¿Qué hice mal?


Ante el dolor, muchas veces, guardamos silencio para con Dios. Nos enojamos con Él, porque nos ha hecho el mal. Aunque sí nos quejamos largamente y rabiamos. Solo quién ha pasado por grandes sufrimientos puede comprender en parte lo que vivió Job.


Los amigos de Job lo acusaron de estar recibiendo la cosecha de lo que sembró, lo cual sacó a relucir que en el fondo de su corazón, él se creía más justo que Dios y más sabio también. Job pensaba que conocía acerca de las maravillas de la naturaleza, pero Dios le pregunta: ¿Dónde estabas tú cuando esto fue hecho? ¿Quién da la vida? ¿Quién la mantiene? (leer Job 38–40).


Todo el dolor y sufrimientos de Job tuvieron un propósito. Del mismo modo, cuando nosotros pasamos por pruebas difíciles, es con un propósito. Y ante la grandeza de Dios, el hombre tiene que hallar su justo lugar: Debemos aceptar la voluntad soberana de Él. Por lo tanto, en los momentos difíciles, cuando el dolor nos envuelve y afecta nuestras vidas, confiemos en Dios, pues todo cuanto nos pasa está en su mano y es con un propósito, aunque no podamos entenderlo. Por eso es que no debemos desesperar.


Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo; yo hago morir, y yo hago vivir; yo hiero, y yo sano; y no hay quien pueda librar de mi mano. (Deuteronomio 32:39)


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